Calama, ciudad heróica

Siempre al contemplar mi ciudad imagino al primer peregrino que echó a andar el rumor más antipático y mal intencionado que he oído sobre ella: “Calama es fea”. Imagino, por ejemplo, que fue un hombre de esos soberbios “campesinos” o “sureños” que vienen a Calama en busca de dinero, pues esa es hoy la principal fuerza que mueve al mundo. A través del poder de imaginación puedo ver su cabello despeinado, su barba larga de tres o cuatro días, sus grandes bototos de seguridad pisando los pedales de una de esas camionetas rojas tan características de las empresas mineras y en la cabeza comparando mi desértica tierra con su fértil provincia y diciendo con desdén “Qué fea es Calama”. Me lo imagino así porque he visto muchos de esos personajes en las calles, de esos que “vienen a conocer el billete de veinte lucas”, consiguen comprar ropa más cara y algunos osados hasta pueden mantener dos mujeres: una decente en su tierra y una para desahogarse en este terruño. De esos que cambian cuando tienen dinero en su manos, cuando pueden abrir una cuenta en un banco (aunque sea una cuenta RUT). Siempre le entrego esas características al vil personaje que empezó ese rumor, dado que sólo alguien tan detestable como ese puede haber comenzado tamaña injusticia. No lo culpo del todo, somos un país extremadamente capitalista, tenemos al dinero como amo y señor, el éste nos entrega seguridad y delirios de grandeza, nos ayuda a separarnos del colectivo pobretón.

Habiendo nacido en esta tierra me siento agradecida de todo cuanto mi tierra provee, no obstante, me siento herida por la indiferencia ante el deterioro de mi madre tierra. No soy egoísta, me gusta que venga gente de todas las latitudes a alcanzar algo de lo que mi generosa tierra con profundo amor está dispuesta a entregarnos para que nos sintamos cómodos en ella. Sin embargo, me molesta la “fiebre por el dinero” que ciega a los seres humanos. Me molesta demasiado que los calameños tengamos las puertas de nuestra casa abierta a todo visitante/trabajador, pero no obtengamos nada a cambio. Éstos personajes llegan a nuestra casa, abusan de nuestra hospitalidad, nos llenan de basura y más encima se van pelando.

Así como en Chile hay ciudadanos de primera y segunda categoría, hoy me doy cuenta que también está clasificación se aplica para las ciudades. Sin lugar a dudas nuestra bella Calama clasifica como ciudad de segunda categoría. Pero si nos ponemos a pensar cuál ciudad es de primera categoría se vuelve difícil la tarea. Si tomamos a Viña como ejemplo podemos decir que es hermosa, bien cuidada, ahí se invierten recursos para el bien común, hay festivales, cultura, educación, belleza por doquier. Sin embargo, basta comenzar a subir a los cerros para perder la belleza del plan y encontrarse de bruces con la pobreza, la desigualdad, la mugre en las calles, etc… Sí, hay ciudadanos de primera categoría a quienes se les ofrece una tranquila vida en barrios exclusivos donde también se construyen playas, canchas, centro comerciales, colegios, clínicas, todo lo que la “gente bien” necesite. Luego viene el ciudadano de segunda categoría, ese de a pie, que tiene que pagarlo todo, pero no merece calidad de vida, y si la quiere, tiene que pagar y trabajar por ella. Así es como mi querida Calama califica para ciudad de segunda categoría, porque aquí sólo hay ciudadanos de segunda categoría: obreros, mineros, indígenas, pobres y repobres. Aunque queramos negarlo y luchemos a diario para parecer “gente bien” en vez de clase media, debemos reconocerlo: somos segunda categoría y seremos tratados así mientras aceptemos este sistema operante que nos divide en clases sociales, pues este sistema cree que hay gente que nace para ser servida y acceder a lujos para diferenciarse y otra que nace para servir y endeudarse para comprar lo que no necesita a fin de parecerse a sus amos.

Basta tener ganas de instalar una mentira con matices de verdad para luego repetirla las veces que sea necesario hasta convertirla en verdad, así es como se instalan las verdades falsas; esas que conviene que existan para confundir y tirar tierra a la verdad. Así que, como medida extrema, hablaré con el millón de amigos de Roberto Carlos para que todos repitan que Calama no es fea hasta que se convierta en verdad y la dignidad de mi tierra se recupere.

Quisiera terminar con un ferviente rezo que nace del alma de todos quienes creemos que pertenecemos a la tierra como nuestra madre y que merece todo nuestro respeto por proveernos para la vida en ella:

Madre Sagrada, en el apogeo de mi vejez te ruego: despierta Tierra mía; no te duermas mi amada Calama. Saquearon tus entrañas, secaron el torrente de tus venas, depilaron tu oasis, mas sigues siendo hermosa. Eres fuerte y valiente, refugio mío. A casi un siglo de mi llegada a tus faldas estoy cansada, mis huesos están débiles, mi aliento es insuficiente. En cambio tú, a 135 años de tu bautismo sigues erguida. Eres eterna y aún lo serás cuando yo vuelva a ser polvo de tu polvo. A golpe de voluntad te tornaste heroica, bella Calama. Nunca decaigas como yo decaigo hoy. Quiero de tus venas ser el torrente, de tu dolor el alivio. Es este el rezo que elevo antes de cerrar mis ojos por última vez y regresar a ti: mi refugio perfecto.

 

Por Cristal
llavedecristal.wordpress.com

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