El fútbol como un sueño

Estoy segura de que, de la mano de mis hermanos mayores, luego de aprender a caminar, inmediatamente aprendí a patear una pelota. De ahí en adelante jugábamos fútbol unas 40 veces al día. Jugábamos en los pasillos de la casa, en el jardín, en la vereda, en la cancha de tierra, camino a la escuela, en los recreos, camino a comprar pan, debajo de la mesa mientras comíamos, en la pieza antes de ir a dormir. Es que nacer en Chile significa, para la gran mayoría, nacer con lo justo. Unos más, otros menos, al final casi todos tenemos las mismas limitaciones económicas. Es por eso que en el barrio no importaba el color de piel, la plata, la ropa, el hablamiento, todos los cabros chicos se hacían amigos. Razón por la cual, el fútbol se convirtió en el deporte estrella entre la colectividad.

La pelota era lo que estaba al alcance de todos los bolsillos, aunque algunos podían comprarse guantes de arquero, otros una camiseta de algún jugador importante, y los más bacanes hasta tenían canilleras, eso no nos separaba: volvía al equipo aún más fuerte. Este escenario devela que muchos de los niños del barrio fueron “el cabro chico de Tocopilla”. Casi todos soñaban con ser futbolistas, con mojar la camiseta a estadio lleno, vivir jugando a la pelota. Ese era el único sueño, en realidad. A todos se nos exige “ser alguien en esta vida” (al parecer al nacer no somos nadie), y eso era lo que muchos cabros del barrio querían: ser alguien que juega bien a la pelota.

Es por eso que muchos vibramos con el mundial, pues el fútbol es lo primero a lo que pudimos acceder, lo único que el capitalismo no nos pudo negar. Sin embargo, hoy nos lo quiere arrebatar. Han transformado el fútbol en una máquina de hacer dinero, a los futbolistas en piezas de ajedrez y a la FIFA en una mafia nivel galáctico. Y es complicado tomar partido en este duelo, el fútbol  se ha convertido en pasión, en amor a la camiseta, en unión, en trabajo en equipo, en colectividad por sobre la individualidad.

Son tantas las cosas bellas que ofrece el fútbol que cuesta mucho no amarlo. Es justamente eso lo que se ha tomado como negocio: las ilusiones de la prole. Derrotar a la mafia es casi imposible; detener las apuestas, inalcanzable; dejar de soñar ni siquiera es una opción. Si se necesita cifras siderales para que ruede la esférica cada cuatro años, entonces, mejor que el fútbol vuelva a los barrios, que se jueguen más pichangas que mundiales, que todos volvamos a ser el cabro chico que sueña con un gol a estadio lleno.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s