El dios de la traducción II

En las serenas colinas de un pueblo cercano los ánimos seguían caldeados, pues la aspirante a diosa se llenaba de ira al contemplar desde su balcón las nubes pasar por la ciudad. Se seguía cuestionando el por qué no era ascendida a Divinidad de la Traducción y continuaba siendo sólo la mano derecha del supremo dios de esa disciplina. Fue así como empezó a urdir males contra dicho dios y buscó la forma de derrotarlo. Mas sabía que  no podría lograrlo sola, necesitaba aliados. De pronto recuerda la existencia de los pequeños intelectuales que fueron castigados por el dios de la traducción por darse éste cuenta de que eran más astutos que él. Así que decidió montar un plan perfecto para juntos socavar el orgullo del dios de la traducción.

Mientras tanto, el dios de la traducción se encontraba feliz por haber derrotado a los insurrectos y por tener de sirvienta personal a la aspirante a diosa. “Ella nunca será tan buena como yo, jamás podría ser una Divinidad, no está a la altura”, decía el dios de la traducción con tranquilidad mientras revolvía su café y se preparaba para la lectura matutina.

“Ya sé lo que haré” dijo de pronto la aspirante a diosa, “este sí que no falla”. Existía un software de traducción que el dios de esa disciplina tenía y que le había sido enviado desde las tierras del norte por su gran amigo y compañero, el dios de la lingüística. Sólo la aspirante a diosa conocía la existencia de dicho software, por lo que en cuanto el dios de la traducción partió a tomar su siesta, la aspirante se escabulló en su habitáculo y pirateó la herramienta.

Al caer la noche los insurrectos seguían traduciendo muy agobiados. De pronto, fueron sorprendidos por un ratón que cayó por una ranura. Al atrapar al ratón se dieron cuenta de que éste tenía adosado a su espalda un pendrive y una nota escrita con letras recortadas del periódico que decía: “Esto les ayudará a traducir más rápido y mejor. Pruébenlo”.

Pasados unos días, el dios de la traducción notó que el trabajo de los insurrectos había mejorado considerablemente en su calidad, por lo cual comenzó a sospechar. En medio del ataque de ira decidió recurrir a su viejo amigo el dios de la lingüística, quien por esos días se encontraba haciendo una pasantía en nortinas tierras.

“Estimadísimo amigo, necesito vuestra ayuda. Nuestros puestos peligran nuevamente”, le confesó el dios de la traducción a su buen amigo. Temiendo perder su poder, el dios de la lingüística regresó al día siguiente.

Ni bien arribó el dios de la lingüística, se dirigió al tabernáculo de su majestad el rey de la traducción. Tomaron un café y hablaron del tema. Tras una larga tertulia, decidieron vigilar el castillo por las noches, pues estaban seguros que quien fuera el atrevido, sólo actuaría amparado en la oscuridad. “Así actúan las ratas cobardes”, exclamó el dios de  la lingüística.

Una noche, mientras hacían una vigilia, vieron una sombra andar por el pasillo principal, tomaron valor y se decidieron a ir tras ella. Al comenzar a caminar por el pasillo principal se encontraron frente a frente con la aspirante a diosa, la cual cargaba una jaula con una rata en su interior.

“¿Nueva mascota?”, inquiere el dios de la traducción.

“Huh, you know I love animals”, respondió escuetamente la aspirante a diosa y se retiró rápidamente.

“¡Qué es rara esa mujer!”, dijo el dios de la traducción no habiendo notado nada diferente.

Mas el dios de la lingüística no era tan inocente y no creía en las buenas intenciones. “¿No te parece que estaba nerviosa cuando nos vio?”, preguntó con ánimo de instalar la sospecha en su amigo.

Cuando hubo convencido a su amigo de que la aspirante a diosa era un ser en el cual no se podía confiar, el dios de la lingüística sugirió seguirla todas las noches y empezar pronto.

Al anochecer y la descubrieron soltando la rata por una ranura que desembocaba en las mazmorras, sin embargo, callaron y volvieron al tabernáculo para discutir lo que acababan de ver. Pasaron toda la noche discutiendo qué hacer con la díscola., hasuqe que por la mañana salió humo blanco del tabernáculo del dios de la traducción: HABEMUS VEREDICTUM.

Era hora de recibir una nueva traducción por parte de los insurrectos, quienes llegaron como siempre: agobiados. Mas, en cuanto cruzaron el umbral del tabernáculo, el dios los encerró para darles una charla tras haber descubierto la traición. Luego entró la diosa con la correspondencia y la obligaron a tomar asiento con los otros acusados y escuchar el reto.

“Hemos descubierto a la rata portadora del software que nos han robado. Han traicionado nuestra confianza y pagarán por ello. Lo peor de esta traición es que nos ayuda a darnos cuenta de que ni siquiera con la ayuda de un software pueden traducir como se debe. Peor aún, confiaron en esta que jamás le ha ganado a nadie. La traición se paga caro bajo mi mandato”.

Sin derecho a réplica ni defensa, todos fueron condenados a tomar clases de ética y continuar la traducción que habían comenzado meses atrás –esta vez sin ayuda de ningún software porque éste les fue confiscado. El dios de la traducción y su fiel amigo, el dios de la lingüística, resolvieron que a pesar de los años de estudio ni la aspirante ni los pequeños intelectuales, eran lo suficientemente buenos para estar a su nivel.

Fue así como el dios de la traducción ganó una vez más y ahora tiene un nuevo aliado: el dios de la lingüística. Ninguno de los cuales está dispuesto a renunciar a sus puestos por considerarse los mejores en su campo. Sin embargo, las dificultades son parte de la vida de una divinidad y, por supuesto, los ahora castigados no iban a rendirse tan fácilmente. Los ánimos aún siguen caldeados.

CONTINUARÁ…

 

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