El dios de la traducción: Episodio III

En las serenas colinas de un pueblo cercano los ánimos siguen caldeados: los dioses y los insurrectos se han declarado la guerra. Luego haber cumplido el castigo de tomar clases de ética, los insurrectos y la aspirante a diosa no volvieron a dirigirse la palabra, puesto que la susodicha los había traicionado de la manera más vil. Tras ser descubierta, la aspirante a diosa fingió que todo era un plan para probar la lealtad, la fidelidad y la ética de los insurrectos traductores en formación. Les dijo al dios de la traducción y al dios de la lingüística que todo había sido un plan porque quería demostrar que ella era la única fiel en esa colina.

Sin dudarlo un segundo, el dios de la traducción creyó en la palabra de la aspirante a diosa y le relegó el castigo inmediatamente. Razón por la cual ella no se presentó a dichas clases y los insurrectos se enteraron así de que habían sido embaucados por la malvada e infeliz aspirante a diosa.

Durante los dos meses que estuvieron en las clases de ética, los insurrectos cayeron en cuenta de que tenían tres enemigos sin siquiera haberlos buscado: el dios de la traducción, el dios de la lingüística y la aspirante a diosa. Tres divinidades en su contra sólo por ser éstos más astutos y sin siquiera haberlos provocado a ira.

Como se acercaban las festividades de fin de año, y aprovechándose de las tradiciones existentes al norte de dicha colina, los insurrectos decidieron quemar monos para dejar atrás lo malo del año que se va y esperar buenos augurios para el año que sigue. Pero para esto, los insurrectos necesitaban que los dioses los autorizaran para construir los monos y salir en la víspera de año nuevo para quemarlos.

Para dar la autorización, los dioses les pidieron a los insurrectos que organizaran un evento en el cual iban a asistir los más grandes intelectuales de las colinas. Vendrían el dios de la literatura, el dios de la leyes de la traducción, el dios del círculo traductológico y algunos aspirantes que siempre se cuelan en estos magnos eventos. Los insurrectos tuvieron que organizar, servir, limpiar y atender todas las inquietudes de los intelectuales asistentes. Una vez finalizado el evento, los dioses entregaron el visto bueno para la construcción de los monos. Sin embargo, como les parecía una idea de principiantes, casi absurda no prestaron atención al proyecto de aquellos insurrectos.

Habiendo terminado la construcción de los monos, los insurrectos pidieron a los dioses asistir a la quema en la víspera del año nuevo. Caía la noche del martes 31 de diciembre y los dioses ya habían comenzado su celebración compartiendo tragos, comida y abrazos por doquier, por tanto decidieron asistir a la ceremonia de quema de monos.

“Vamos a esa estúpida quema de monos a ver qué trama la gentuza por allá”, dijo el dios de la traducción invitando a sus amigos con un tono despectivo.

“mhm”, exclamó escuetamente la aspirante a diosa con un gesto de desidia.

“Ok, podría ser divertido compartir con esa gente”, dijo el dios de la lingüística incorporándose a sus amigos.

Fue así como se levantaron los dioses de sus tronos y la aspirante a diosa de su humilde silla y emprendieron rumbo a los sectores más bajos de la colina a mezclarse con la gente normal, esa no intelectual para ellos. Al  arribar al lugar de los hechos, los dioses se sintieron molestos con el olor a pueblo.

“Como que se siente la ignorancia en el aire que respira esta gente”, dijo el dios de la lingüística.

“Sí y los monos son bastante rascas”, agregó el dios de la traducción.

“Interesante”, dijo la diosa escueta como siempre.

Mientras tanto los insurrectos afinaban los detalles de sus monos y la gente se agolpaba en círculo alrededor de las bellas esculturas creadas por ellos. Dicho tumulto llamó la atención de los dioses quienes decidieron asomarse y comprobar qué mantenía tan entretenida a la prole.

Al llegar al frente de los monos, los dioses se sorprenden con la escena:

“Mira ese mono se parece a ti” le dijo el dios de la lingüística al dios de la traducción entre risas.

“Pero ese otro se parece a ti”, dijo la aspirante a diosa al dios de la lingüística mientras este la señalaba diciendo que el tercero se parecía a ella.

Al unísono se esfumaron las risas de las bocas de los dioses y se encendió la ira en sus ojos, al ver como los insurrectos le prendían fuego a estos monos que eran sus propios retratos. La gente alrededor de las divinidades reía sin cesar y los insurrectos disfrutaban de lo que ellos consignaban como su liberación: estaban derrocando al opresor con una simple tradición que era considerada estúpida por los dioses, pero muy efectiva a la hora de herir egos.

Una de las afrentas más grandes en esta colina era el hecho de crear un mono del enemigo y quemarlo en año nuevo en señal de repudio absoluto. Es así como los dioses no pudieron limpiar su honra frente al pueblo que para ese entonces los consideraba el hazmerreír y al instante les había perdido el respeto y ya no les temían. A los dioses no les quedó más remedio que abandonar el pueblo, dejando así en libertad absoluta las serenas colinas. Nadie más sería nombrado dios de ningún área del saber y así la comunidad compartiría felizmente su sabiduría con la libertad de quien vive en armonía con sus pares.

La era de los dioses encontró su fin, no por la ignorancia del pueblo ni de los insurrectos, pero si por la arrogancia y el régimen del miedo impuesto por los autodenominados dioses del saber.

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