En busca de una victoria para los vencidos II

A cuarenta años de distancia  aún tengo muy fresco  en mi memoria  lo sucedido y no puede ser de otra manera. Para algunos  el golpe  fue apropiado y agradecidos están. Por ahí en 1972 mientras el Gobierno de Allende luchaba por establecer las bases para un Chile más justo, algunos economistas de la Universidad Católica de Chile preparaban, calladitos por los barrios altos de Santiago, la política económica post Allende. Era tan grueso el documento que éste es conocido como El Ladrillo. Mientras  corría la sangre y el terror por las ciudades de Chile con Pinochet en el poder, el  ladrillazo económico junto a las balas le llovían en la cabeza al Pueblo. Terror y hambre se hacían presentes en la sociedad chilena. Estos “Chicago boys”, empresarios y gente de poder allegado a las Fuerzas armadas, se frotaban las manos porque ponían en práctica su propio diseño de país, uno que fuera  todo para ellos.

Dicho esto, pienso en las miles de víctimas del golpe, muchas de ellas gente linda, humilde, inteligente, sensible y con afán de servicio a la comunidad. Este es al menos el perfil de mis múltiples amigos y amigas asesinados por la dictadura. Pienso en el impacto emocional y psicológico que tuvo el golpe en la  sociedad chilena y que dura ya cuatro décadas. Pienso en el costo y los profundos  cambios que ha habido en lo económico, lo político, lo social, lo cultural. O sea, pienso en la transformación casi total de la sociedad llevada a cabo en un largo periodo que va desde los años 60 hasta hoy.  Cambios importantes que escriben una sufrida y discutida historia y que se llevan a cabo bajo condiciones democráticas y dictatoriales. Cambios que funcionan con ideas y con armamentos de todo tipo, con una diversidad de ideologías importadas del extranjero: del bloque socialista en la era de Allende y del bloque capitalista en la era de Pinochet. El bloque capitalista a través del gobierno de los Estados Unidos (de Richard Nixon y Henry Kissinger) propone a los chilenos, con satisfacción y poco estilo, una terrible dictadura fascista y un modelo económico de desarrollo nunca antes probado en el mundo -como que se necesitaba una dictadura para ponerlo en práctica-, dije fascista porque los militares logran, con su talento y su poder dictatorial, crear una fuerte base social en la sociedad chilena que los apoya en sus horribles actividades que dejan sorprendidos y atónitos  al mundo entero. Por 17 largos y dolorosos años los que apoyan al General Pinochet niegan,  para ellos y para el mundo, lo que sucede a millones de chilenos y  se excusan de lo sucedido ­­­­ atribuyendo lo peor al régimen de Allende.

La preguntita que me hice cuando llegué de refugiado a Gran Bretaña en Septiembre de 1974 fue qué era lo peor de su régimen. Aquel cuestionamiento se debe a que descubrí que en lo económico el sueño de Allende estaba todo hecho realidad en la sociedad británica, pues casi todo lo que me rodeaba representaba al estado británico: British Rail, British Airways, British Gas, British Leyland, British Museums, British Council, British Petrolium, etc. Además, me encuentro con un magnífico sistema de bienestar social (welfare State), que comprende un buen sistema de salud y buena educación a todo nivel, según me doy cuenta, en favor de los intereses de todos los británicos. Pero más importante aún: funciona con un énfasis especial entre las personas más vulnerables de la sociedad.

Allende deseaba un Chile de todos y para todos, como lo habían soñado los políticos británicos en tiempos pasados. Para financiar el sueño Allendista se pensó en nacionalizar nuestras riquezas naturales (nuestra mayor industria, la del cobre) y traspasar al área social empresas estratégicas: algunos bancos, industrias y  expropiar campos que no producían nada porque eran desatendidos por sus dueños. No me da mucha satisfacción pensar que hoy el agua potable de Chile pertenece a una empresa privada española. La venta de nuestras riquezas naturales sería a precios convenientes para el estado chileno y no a un ciento por ciento para los bolsillos de los inversionistas de las multinacionales norteamericanas operando en Chile en el área del cobre. Esta política nacionalista de Allende causó la ira del gobierno de Estado Unidos.

Además, resulta que nada de los horripilantes hechos sucedidos en el régimen dictatorial se comprueba en el gobierno de Allende. La democracia, la libertad en todos sus aspectos, el derecho a la palabra, el derecho a existir y a ser “yo” se mantienen y se manifiestan  abiertamente durante sus tres años de mandato.  A cuarenta años del golpe, entre la sangre, el horror,  el dolor, la esperanza  y la desesperanza, la transformación económica y social,  una realidad económica desesperante se comprueba en la vida nacional. De aquí, las marchas de estudiantes y trabajadores que observamos en estos últimos años en Chile. Hay un Pinochet que usa su poder para beneficio personal y deja a su familia millones de dólares depositados en bancos extranjeros. Hay un proyecto económico desarrollado en dictadura y rectificado por los gobiernos de la Concertación que ha permitido  una gran desigualdad económica entre los chilenos. Peor aún, a los  chilenos se les hace creer que su país será desarrollado en tan solo algunos años más. Pero la música cambia cuando uno mira alrededor y  evidencia que hay que trabajar muy duro para poder pagar servicios elementales como la educación y la salud, que en cualquier otro país del mundo serían un derecho. En este punto digo, entonces, que el modelo económico existente está hecho solo de ilusiones ya que nadie explica porqué un país que cree avanzar en lo económico no tiene una clase política que se cuestione el hecho de que 65 familias concentren un patrimonio conjunto de más de 6o mil millones  de dólares.  Aquí pienso en la vida de mi amigo Carlitos que vende sus helados mañana y tarde en las micros y en la vida de aquella señora que atiende el kiosco de diarios desde las 7 de la mañana hasta las 9 de la noche. Pienso en ellos porque estas 65 familias sin ningún pudor se apropiaron de la torta. 65 familias que de seguro dicen tener valores cristianos.

Ante este escenario me vi en la necesidad de salir del país. No salí de Chile ni arrancando ni  perseguido por nadie, como fue el caso de miles de compatriotas. Salí por lo nauseante de la situación creada por la dictadura. Salí muy amargado de Chile y todo por esas caras de poto que se alegraban con champaña, o algo parecido,  de las muertes de chilenos cuyo único pecado había sido tratar de cambiar, por medios democráticos, un tipo de sociedad excluyente por una más incluyente. Al salir no imaginaba que tendría que irme a vivir muy lejos de Chile. No me imaginaba que con el pasar el tiempo la dictadura, con sus inmundos tentáculos, les quitaría la vida a varios de mis jóvenes amigos. Porque de eso trataba la dictadura de Pinochet: el desprecio total a la vida humana

Mi primera parada fue a Lima gracias a la grandísima e generosísima solidaridad de una familia peruana que me conocía y a los pocos meses del Golpe  me invitó formalmente  para que me fuese a su país. Quisieron ayudarme a salir de ese horror llamado Chile. Por aquellos días de Septiembre del 73 y comienzos del 74, los chilenos sabían bastante pocos detalles importantes de lo que sucedía en el país y esto se debía al bloqueo mantenido a los medios de prensa y al secreto afán de las operaciones militares contra los chilenos. Yo por mi parte, sí que estaba enterado gracias a las voces subterráneas  que circulaban en mi barrio. Una vez discutido el asunto con mi vieja madre y un tío, decidí aceptar con mucha tristeza la oferta de viajar al Perú y así un día de Enero de 1974 recibí un pasaje aéreo de la Braniff, a Lima me fui con un pasaporte normal, poco dinero y muchas aprehensiones por lo que dejaba atrás y lo que se me venía por delante. Lo que dejaba atrás era una vieja madre en lágrimas  la cual económicamente  dependía de mí. Volvería, según pensé, cuando la dictadura se fuera. En ese entonces se pensaba que los demócratas cristianos volverían en gloria y majestad al poder. Después de todo, altos dirigentes del partido como Andrés Zaldívar habían hecho lo posible para ayudar a derrocar al gobierno de Allende. Es irónico que después algunos de estos altos personeros del partido fueran también perseguidos y agarrados a balazos como le sucedió en Roma a Bernardo Leighton y su querida esposa.

Una vez en Perú me quedó claro que volvería a mi país, cuando de nuevo mi país fuese libre y soberano. Pero ese futuro cada día se alejaba y simplemente no llegó. Tres meses después de mi llegada no se me renovó la visa y viendo que Lima se llenaba de chilenos contando los horrores de lo que sucedía decidí quedarme clandestinamente en Perú. Muchas peripecias pasé yo y los miles de chilenos en Perú. Sin embargo, el recuerdo que me quedó de este país hermano es de mucha solidaridad y comprensión hacia ese desesperado Chile que se hacía presente en las calles limeñas.

Luego de no ser renovada mi visa y de estar de clandestino en Perú, de viaje en una destartalada  micro limeña, vi a un joven pelirrojo examinando su pasaporte chileno, me acerqué y él me contó de una oficina en Lima recién abierta perteneciente al Alto Comisionado de Las Naciones Unidas para los Refugiados.   El pelirrojo me aconsejó que me acercara allí porque me ayudarían a salir de mi problema legal en Perú. Efectivamente me ayudaron y me acogí como muchos al refugio brindado por las Naciones Unidas. En realidad, después de un simple trámite, por lo que recuerdo,  quedábamos bajo la protección de esta organización que nos consiguió casas privadas y otras cosas necesarias para nuestra subsistencia.

Mientras  tanto, la  organización tramitaba a alto nivel para que gobiernos extranjeros abrieran sus puertas para recibirnos. Y así fue como se nos aconsejó que nos acercáramos a postular en algunas embajadas extrajeras en Lima. Parece que la más receptiva en esto fue la embajada británica y sabiendo esto por algunos compatriotas, muy tímidamente y con mucho pesimismo, un día me acerqué a la embajada, allí me hicieron llenar un formulario y me dijeron que esperara una respuesta. Una espera que duró más o menos dos semanas y trajo consigo  una respuesta positiva. Fueron sentimientos encontrados los que experimenté con la noticia. Pese a la positiva respuesta, como dije anteriormente, no tenía muchas esperanzas al acércame a la embajada británica, dado que tenía una preparación escolástica bastante precaria, además, no tenía ni idea de inglés, mas encima tampoco tenía profesión. Lo que sí tenía era orgullo de ser obrero, pues había trabajado como tal por seis largos años en la fábrica de guitarras Tizona. En otras palabras, me sentía un pobre diablo sobre todo cuando los otros chilenos te hacían sentir con sus sonrisas paternales quienes eran. Tanto es así que un amigo me dice: “sabis parece que salieron todos los cerebros de Chile”. Resulta que todos los hueones son doctores, arquitectos, profesionales, estudiantes universitarios. Y para qué mencionar las chapas políticas, hasta en eso me sentía disminuido porque resultaba que casi todos pertenecían a un partido político menos yo. Esto tenía su peso, es decir, entregaba cierto status a la gente en relación con sus pares, los militantes solían enrostrarle a los demás “yo sí, tu no”… o algo así. Claro en Chile yo había pertenecido a la Juventud Obrera Católica y esto me daba cierto ánimo. En este sentido, muchos militantes se fueron desde Perú hacia Rumania. Tiempo después supe que mucha de esa gente había emigrado de dicho país a Francia o a Canadá. Yo postulé a Canadá, mas no me dieron ni bola. Además, de mi estadía en Perú recuerdo haber leído en primera plana de los periódicos limeños que un chileno había llegado a Lima agazapado en el sector donde van las ruedas del avión. A este joven le vi después en las oficinas de las Naciones Unidas. Desconozco su historia, pero sé que de Lima llegó a Inglaterra.

Respecto a las razones del exilio, creo que cada chileno o chilena que pidió refugio para vivir en paz  fuera de su país tuvo sus propias y validas razones para irse en tiempos de dictadura; o quizás en muchos casos fue por una acción personal y voluntaria, como mi caso; o por una acción forzada.  Vale decir, expulsado o expulsada del país, en muchos casos con una notoria letra ‘L’ marcada en sus pasaportes que significaba algo así como pertenecer a un Listado de Personas y que, de hecho, representaba la prohibición a las mismas de regresar a su país de origen. Garantizado está el hecho de que la experiencia del exilio fue durísima para muchos, llevadera para otros como yo, y positiva para otros porque aprovecharon el tiempo para desarrollar sus intereses personales, que en muchos casos poco o nada tenía que ver con lo que sucedía en Chile en dictadura. En resumidas cuentas, esto es lo que desprendo de la experiencia del exilio chileno en Escocia donde llegamos alrededor de 500 chilenos en un momento dado entre los años 70 y 80.

Llegamos el 19 de Septiembre a Londres y  nos sorprendió que fuese una ciudad muerta después de las once de la noche. Curiosamente bajo el gobierno conservador de Edward Heath. Llama la atención que un gobierno conservador Británico reciba en su país a cerca de tres mil chilenos; la lacra, según Pinochet: comunistas, socialistas, marxistas,  mapuchistas, Allendistas, moros y cristianos. Heath no es Margaret Thatcher.  Es un lider que no teme a estos chilenos y cómo podría si estos arribados no son terroristas sino que gente acostumbrada y apegada a las tradiciones  chilenas de la democracia. En el aeropuerto de Heathrow había personas muy formales que nos llevaron a un hotel adecuadamente habilitado para los refugiados chilenos en el centro de Londres. El auto era conducido por un indio cascarrabias. Me llamaba la atención que este caballero tuviera un turbante en la cabeza. En algún momento de nuestra llegada tuvimos que hacer entrega de nuestros pasaportes a la Home Office, al menos algunos, pues muchos chilenos ni eso tenían. En el Hotel había voluntarios que eran irlandeses, escoceses e ingleses que hablaban castellano bastante bien. Estas lindas personas se convirtieron en nuestra luz. Nos registraron con la policía en una comisaria cercana al hotel y nos hacieron entrega de una libretita verde que aún conservo. Al hotel día a día seguían llegando chilenos de Perú, Argentina y creo que desde Chile también. Un día en el hotel recibimos la noticia de que el General Carlos Prats había sido asesinado en Buenos Aires, creo que fue el 30 de Septiembre de 1974. A todos nos invadió una tristeza y una desesperación por la ferocidad el asesinato: Pinochet exportaba el terrorismo a Argentina.

Al tiempo después el hotel estaba repleto y coincide que en diferentes ciudades británicas ya se estaban formando Comités de Solidaridad con Chile y son estos comités los que nos acogen cuando se nos manda a vivir fuera de Londres. Un día a mí y a otros se nos dice que teníamos que irnos a Glasgow. Me habían escuchado tocar la guitarra y uno de los voluntarios, un escocés,  me dijo que yo disfrutaría el irme a Glasgow porque “a los escoceses les encanta la música”.  Y así fue que un grupo de 30 o más chilenos, en una lluviosa noche, terminamos  en Glasgow. Cinco o seis continuaron viaje a Edimburgo. Éramos los primeros chilenos en Escocia. Aquí nos esperaba un grupo de personas que muy alegres nos daban la bienvenida a esta interesante ciudad industrial.

En conclusión, para mí el exilio fue llevadero, no obstante, hay que aceptar que a todos nos dolió: a los que sufrieron el exilio, a los que se quedaron en Chile luchando contra la dictadura y a “los vencedores”. A estos últimos les dolió porque nunca pudieron cerrar las bocas de los miles de exiliados y refugiados, quienes eran los más consientes, de contar por todos los rincones del mundo lo que sucedía en Chile bajo el régimen dictatorial… Y muchas de esas bocas aún no se pueden cerrar…

                                                         

Por Carlos Arrendo
http://carlosarredondo.com/

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