enlace En busca de una victoria para los vencidos

Nací en Santiago, en el barrio Yungay entre las calles Balmaceda, San Pablo, Matucana, Mapocho y La Quinta Normal, para ser más específico. Hoy camino por las calles de Edimburgo, ciudad que me acogió cuando me quede sin patria, y siento nostalgia por mi antigua vida. Cada paso que doy por esta bella ciudad, me trae un recuerdo distinto del contexto en el que crecí: un barrio obrero con mucha clase media, casas antiguas, fábricas, almacenes y negocios de todo tipo, sin olvidar los bulliciosos conventillos y los inexistentes servicios higiénicos. La algazara de las escuelas, los liceos y las casas; las prostitutas por las calles Maipú y San Martin; unas cabronas famosas como la Carlina y la Chela Santibáñez con su buen tajo en la cara; ladrones de poca monta con cuchillos cortos y largos para asustar aun a los tantos perros y gatos; todo eso conformaba mi barrio. Recuerdo también, los incontables depósitos de vino con sus  chuicos, damajuanas y curaditos; iglesias con curas famosos, entre ellos el cura Marchant y el cura Fernando Aristía, quien en 1973 fue un luchador incansable por los derechos humanos.

Crecí feliz con muchos amigos y amigas en un lugar muy pobretón llamado el Chiflón del Diablo, cuyo nombre verdadero era Pasaje Santo Domingo. Nuestro Chiflón del diablo fue quizás una analogía del otro famoso Chiflón, ese que aparece en Subterra de Baldomero Lillo. Según sus leyendas “por aquí se entra para no salir jamás”. Sin embargo, era un lugar de gente muy trabajadora, solidaria, de oficios honestos y diversos. Estábamos muy cerca de la Nueva Matucana, una callampa triste, violenta y ubicada por las laderas del cochino rio Mapocho. Por aquí cerquita estaba la antigua estación Yungay y la perrera donde quemaban vivos –según se cuenta– a nuestros queridos quiltros callejeros. Por la calle esperanza al llegar a Mapocho vivían “los famosos del barrio”: el gran Toni Caluga y el percusionista Patricio Salazar. En la calle San Pablo había bares de mala muerte como las Cachas Grandes y El Frontón. En este último, se bailaban melodiosos tangos y boleros que hacían llorar de angustia o reír de sarcástica emoción. En este contexto se fue formando mi vida, jugando largas pichangas con pelotas de trapo, trabajando en las ferias libres, la vega central y a veces como “niño para los mandados”.

Mi madre murió a los 30 años y mi padre a los 50. Ambas muertes se producen a causa de la pobreza y en el caso de papá hay que agregarle el alcoholismo, factor muy común en Chile. Esta historia familiar me marcó profundamente y es por ello que en los ‘70, cuando Salvador Allende propone cambiar el sistema político de Chile, no tuve ningún problema en aceptar el socialismo como alternativa al sistema que imperaba y dejaba al descubierto un país mal manejado e injusto para la gran mayoría del Pueblo trabajador, como yo, como miles, como millones.

La ironía en mi historia se presenta en el hecho de que mi padre fue simpatizante de los gobiernos de derecha y demócrata cristiano, lo cual yo nunca pude entender. El resto todo es congruente a una sola utopía: un país de todos y para todos. Yo nunca compartí las preferencias políticas de mi padre, es más, durante la Unidad Popular participé en una organización católica llamada JOC que en esos años estaba muy ligada al movimiento Cristianos por el Socialismo, y que tenía como fuente ideológica la Teología de la Liberación. Ésta, a su vez, surgía como respuesta al Concilio Vaticano II que, entre muchas cosas, aprobaba la idea de que la iglesia católica estuviera cercana y atenta a las grandes problemáticas sociales de la época. De allí surgieron los famosos “curas choros”, esos que se sacaban las sotanas y se iban a trabajar a las poblaciones marginales con el fin de ayudar a los pobres a tomar conciencia de su “condición de pobre” para que éstos luchasen por sus derechos ciudadanos. Cabe destacar que es en JOC donde Monseñor Fernando Aristía comenzó su labor pastoral.

Mi vida, como la de muchos jóvenes de esa época, se vio marcada por el largo y difícil camino que tuvo que recorrer Salvador Allende para llegar a ser Presidente de Chile. Recuerdo claramente que antes de llegar a La Moneda, Allende sufrió tres derrotas (1952, 1958 y 1964), algunas por estrecho margen y otras, con trampas tendidas por los gobiernos imperantes de derecha. Pero sin duda, lo que más recuerdo es su complejo camino a la victoria final en 1970, la cual fue como atravesar un campo minado por la burguesía nacional y los intereses norteamericanos con sus garras e inversiones puestas en la industria del cobre.

Algunos se olvidaron de que Allende fue elegido democráticamente y por eso le hicieron la vida –y también la muerte–  imposible. Lo peor de todo es que los que terminaban pagando los platos rotos eran los chilenos como yo y, en las fuerzas armadas de la época, alguien como el General René Schneider. Schneider tenía una gran variedad de enemigos, entre ellos se contaban grupos extremistas rabiosos como Patria y Libertad, pero sin olvidar que en las penumbras  acechaban en su contra parte del clero católico, parte del ejército chileno, la burguesía entera, poderosos grupos económicos extranjeros, la CIA, el dueño del Mercurio Agustín Edwards y muchos  personeros de la Democracia Cristiana de entonces, por ejemplo, Patricio Aylwin. Todos estos poderes y personajes conspiraron, rezaron, elaboraron ideas, para que este General de Ejército constitucionalista (como lo fue el General Carlos Prat) no permitiera que Allende asumiera el poder político de Chile.

Ahora bien, no todo fue color de rosas y tal vez el error de Allende fue intentar llevar a cabo un programa demasiado revolucionario en un país tradicionalmente tan conservador como Chile, que además contaba con una burguesía reaccionaria amalgamada con intereses norteamericanos en pos de nuestras riquezas. Todo esto, sumado al contexto de la Guerra Fría en que el mundo se encontraba sumido, fue visto como un pecado mortal por Estados Unidos que no concebía cómo Allende había osado llevar adelante tan inédito proceso político socialista. Digo inédito porque el Chile de entonces eligió por la vía democrática al primer presidente socialista en el mundo. Este hecho abrió los ojos a Europa, donde países como Italia y Francia empezaron a seguir con interés el proceso chileno ya que veían en él algo especial para llevar a sus países.

En cuanto a su elección como Presidente, muchos dirán que Allende no fue elegido con una gran mayoría (36,6%). Sin embargo, ya en marzo de 1973 la Unidad Popular obtuvo el 43,49% de las votaciones en las elecciones parlamentarias. Esto último me hace reflexionar en el hecho de que Pinochet y su ejército de malvados básicamente se tiraron encima de la mitad de la población chilena. Muchos critican la debacle económica que vivía Chile en esos años, pero no es justo que se le achaquen a Allende los problemas del día a día como el desabastecimiento y la inflación galopante. Es cierto que mucho tiene que ver con sus políticas económicas, pero no podemos soslayar el papel importante que jugaron la oposición y la CIA que, como ha quedado demostrado, gastaron millones de dólares para desestabilizar el gobierno socialista.

A pesar de nuestros muertos, torturados y exiliados, hubo cosas buenas en la era Allende. Su idea era comenzar el proceso de creación de una sociedad más justa y para conseguir ese fin hizo muy bien en poner al centro de la vida nacional la problemática de nacionalizar nuestras riquezas naturales, en procurar el bienestar de los desposeídos y en profundizar la reforma agraria en un país donde en los ‘70 los campesinos aún vivían en condiciones similares a las del medievo, o sea como ciervos. La gran fuerza de Allende fue demostrar consecuencia y respeto por sus ideales socialistas, la constitución, las leyes, la libertad y la democracia. Para mí es innegable que durante su gobierno la democracia se expandió, pese a que siempre se le acusará de lo contrario. Durante su gobierno no hubo ningún tipo de represión. Quizás las expropiaciones de tierra dejaban un mal sabor a sus dueños, pero en cuanto a la libertad de prensa, por ejemplo, los periódicos siempre publicaron lo que se les vino en gana. Por su parte, Patria y Libertad hacía con sus linchacos y armas de fuego lo que quería. Tanta libertad había que fue casi contraproducente, ya que eso mismo hizo fraguar el golpe de estado a la luz de nuestros ojos. Todos teníamos conocimiento de que varios altos mandos militares constitucionalistas, como el General Schneider, habían sido asesinados por la derecha. Los golpistas, civiles y militares, podían reunirse libremente y solicitar a gritos un golpe de estado, mientras la izquierda se mantenía tranquila porque veía en las fuerzas armadas un poder del estado respetuoso de la constitucionalidad.

También hubo cosas feas durante el gobierno de Salvador, por ejemplo, el no haber organizado un plan de contingencias para deshacerse de los infiltrados y oportunistas en los partidos de izquierda. Los sectarismos dentro de la Unidad Popular estaban a la orden del día. Cada partido con sus aguerridos militantes luchaban metro a metro para que sus ideas e ideales prevalecieran dentro de la coalición de izquierda: moros, cristianos, socialistas y comunistas todos revueltos por una causa común que tenía que ver con la confianza de lo que podía hacer Allende bajo su mandato. En este sentido, el surgimiento del Movimiento Izquierda Revolucionaria quizás fue negativo debido a que le hacía las cosas difíciles a Allende, pues no formaban parte de la Unidad Popular. El MIR era  un movimiento muy pequeño si lo comparamos  con los grandes movimientos guerrilleros  de la época como los Montoneros en Argentina o los Tupamaros en Uruguay. Éste grupo de jóvenes surgió para combatir Patria y Libertad, que tenía como ideólogo a Jaime Guzmán, un intelectual de lentes que hoy la derecha lo denomina como patriota. Guzmán en hechos, fue instigador intelectual del Golpe de 1973.

Con gran tristeza recuerdo cómo la fiesta del pueblo  llegaba a su fin. Los días de Allende y los de muchos chilenos estaban contados y lo notamos días previos al golpe militar los cuales fueron de mucha tensión. Todos sabíamos que venía un doloroso “pronunciamiento militar” y todos asistíamos a una desmovilización total, a excepción de algunos movimientos de trabajadores que se dieron cuenta de lo que se venía y se organizaron en cordones industriales. Debo reconocer que nunca vi a los chilenos “upelientos” como yo en posesión de armamentos.  El Pueblo tenía muy pocas armas para defenderse y los que las tenían eran contados con los dedos de una mano. Tanto es así, que cuando vino el Golpe, el gobierno legítimo de Chile cayó en cosa de horas. Todo fue tan desigual. Ahí sentimos el miedo y supimos que las armas pertenecían a otros. El pueblo se quedaba sin compañero presidente y desarmado, por ende no pudo defenderlo como hubiese querido. Allende usó quizás la metralleta que le dio Fidel para defenderse de las balas que les mandaban los golpistas, –Recuerdo haber visto pasar a Fidel Castro con Allende por las calles de mi barrio en 1971–. Lo que quedó fue el amargo sabor de la derrota, nos arrebataron nuestra utopía y la capacidad de soñar. Pero claro, hay mucha memoria colectiva y selectiva viviendo y coleando que ayuda a guardar y recordar lo sucedido ¡Ni olvido ni perdón para aquellos que torturaron y mataron!

En los días posteriores al golpe, el terror, el miedo, la impotencia y las incontables lágrimas nos invadieron. Vi los aviones que bombardeaban La Moneda, las banderas chilenas en los mástiles de las casas comenzaron a flamear como imposición para demostrar la “chilenidad”. La mitad de los habitantes de Chile quedó bajo sospecha de no ser chileno, pues los verdaderos chilenos eran ellos, los vencedores, el resto unos ¡upelientos de mierda! Comunistas y socialistas vendidos a los rusos y a Cuba. Me es doloroso recordar que inmediatamente después del Golpe no se sabía nada del paradero de los amigos del barrio. ¡Qué decir de los toques de queda! Muchos vehículos militares con milicos de caras pintadas, temblores fuertes y prohibición de salir a la calle. Pocos sabían lo que realmente estaba pasando. Voces silenciosas hablaban de algo anormal, nunca visto en Chile: asesinatos por doquier y cuerpos flotando en el rio Mapocho. Se murmuraba que el Estadio Chile y el Estadio Nacional estaban llenos de gente arrestada para ser posteriormente trasladada a campos de concentración en los lugares más inhóspitos del norte y sur de Chile. El corazón llora aun cuando uno recuerda los centros de tortura como Londres 38 o la Villa Grimaldi en Santiago. Allí asesinaron a seis de mis amigos y amigas que eran gente joven, linda, llena de ideales y sentimientos nobles. No puedo olvidar el calmado pero sentido discurso de Allende en la radio, ese de “las grandes alamedas”.  Fue su adiós al pueblo que tanto quería.

En mi caminata por esta hermosa ciudad nostálgico sobre mi pasado, avizoro un futuro que no puede seguir construyéndose si hay heridas abiertas. Hay que cerrar estas heridas y los que cometieron errores durante la dictadura lo menos que pueden hacer es, con humildad, pedir perdón a los ofendidos. Es sabido que la historia las escriben siempre los victoriosos y que a los vencidos les quedan pocas posibilidades de contar su verdad. Transcurridos tantos años desde que mi vida y la de muchos vencidos se quebró, con mucha pesadumbre intento aceptar que la historia de Chile y la de todos los chilenos en estos últimos cuarenta años se ha escrito sólo desde un prisma: el de los vencedores. Ellos, a fin de justificar el golpe de Pinochet y la terrible consecuencia que éste ha traído al pueblo, han demonizado lo más posible la figura de Salvador Allende y su legítimo gobierno; han demonizado al pueblo y a todo aquel que se atreva a contradecirlos. ¡Ah! Tienen palabras o frases sueltas que demuestran rabia y hieren según creen, pero que a muchos no nos afectan. ¡Resentidos! ¡Mirar para adelante! ¡lo que pasó, pasó y ya!, altivos vociferan.

Creo que es un deber patriótico de cada chileno y chilena el ignorar a los historiadores oficialistas del régimen de Pinochet y buscar las fuentes de información adecuada. No es difícil caer en cuenta de que hasta el arresto de Pinochet en Londres, el pueblo chileno tenía muy por alto la figura de aquel dictador y muy por los suelos la de Salvador Allende quien  fue un ser humano como todos nosotros: con contradicciones, pecados y debilidades. No obstante, su historia personal y parlamentaria demuestra que las cosas que hizo en su vida las hizo pensado en El Pueblo, luchando con tenacidad, inteligencia e intelecto. Fue un gran constitucionalista muy apegado a las tradiciones democráticas chilenas: el voto secreto por ejemplo.

Gracias a los historiadores del régimen de Pinochet podemos haber perdido el derecho a escribir nuestra propia historia, pero cuando sabemos que la historia somos nosotros, entonces estamos en una posición de fuerza para contar nuestra verdad que es lo que he intentado hacer pensando en los jóvenes chilenos de hoy.

Por Carlos Arredondo
http://www.carlosarredondo.com/index.htm

 

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