Las fantabulosas aventuras de Benito, el brujo bonito

Se levantó una mañana cualquiera con el solo afán de jugar con su amigo, pues a los siete años no se tienen muchas expectativas sobre la vida, vivir a tal edad no requiere de un plan antes de comenzar. Mientras tomaba desayuno con su madre, notó que por la ventana emergían los primeros y hermosos rayos del sol anunciándole el comienzo otro día de aventuras. Al tomar con su mano izquierda el pan con mantequilla que le preparó su madre, comenzó a imaginarse lo que le depararía este nuevo día, pues la noche anterior había quedado de acuerdo con su amigo en ir de excursión a la pampa. La pampa era su lugar predilecto, ahí sentía que se congregaban todas las cosas bellas y las siniestras que son invisibles para el ojo humano; aquellas cosas con las que él tiene contacto de alguna forma que hasta para su propia razón son inexplicables.

Se levantó de la mesa esperanzado, ágil, con ganas de salir disparado a la calle, caminar en dirección a la casa de Edmundo, tomar una piedra y lanzarla al techo para avisarle a su amigo que era hora de embarcarse en la mágica excursión. Benito se siente afortunado de contar con la amistad de Edmundo, puesto que es el único que lo acompaña en estas poco usuales aventuras por el desierto donde la única posibilidad es jugar con tierra, cavar hoyos en busca de tesoros escondidos y recostarse sobre la arena esperando ser chamuscados por el inclemente sol o bañados por la tierra que danza en brazos de los fuertes vientos del desierto.

Edmundo abrió la puerta, se saludaron y emprendieron rumbo en una atmosfera de silencio absoluto, pues ambos sabían hacia donde se dirigían y con qué propósito. Al llegar al desierto comenzaron a correr sin rumbo, libres, dueños de su actitud y de lo que les rodeaba. Esa sensación de libertad que los seres humanos pocas veces pueden experimentar en su vida, estaba allí, en ese eterno momento de relajación, de propiedad sobre sí mismo; ese momento que quizás no volviese a repetirse, por ende aprovechaban al máximo.

Luego de dar varias vueltas, ambos niños se sentaron sobre un pequeño morro e intentaron retomar su ritmo de respiración y guarecerse del sol, que, para ese entonces, sentían como si estuviese ardiendo en su piel. Benito miró hacia su lado izquierdo y, como avisado desde una dimensión desconocida, quiso cavar acaso con una certeza de que esta vez encontraría el tan ansiado tesoro que soñaba. Edmundo no quiso ayudar a cavar esta vez, pues se sentía demasiado cansado y agobiado por el calor que emergía de los suelos y bajaba desde los cielos; al mediodía en el desierto el calor proviene desde todos lados.

Al cabo de unos minutos de excavación, Benito sintió que sus manos tocaban algo duro y su corazón se exaltó, sintió que se le escapaba del pecho, sus ojos brillaron, y su respiración se aceleró como cansado de tanta emoción; no podía más. Sin embargo, continúo cavando sin decirle nada a su amigo, que para ese entonces estaba adormecido por el calor. De pronto, Benito había encontrado su tesoro: la figura de un hermoso hombre, de rasgos finos y aspecto angelical que sostenía en mano izquierda un escudo y una gran espada en su mano derecha; desde su espalda nacían hermosas y mayúsculas alas doradas, que le daban un aspecto de divinidad casi insoportable; desde su hombro derecho caía una capa de un fuerte color rojo; vestía un majestuoso traje de guerrero, pero guerrero de la luz; bajo sus pies yacía un espantoso hombre de aspecto demoníaco de cuya cabeza emergían unos escandalosos cachos; sus rasgos eran brutos y, muy marcados: nariz ancha, una abultada barba que escondía su mentón y gran parte de su cara; tenía en su espalda una alas negras como de murciélago y en su rostro una inconfundible expresión de horror, dolor y esfuerzo. En la base de esta figura había una placa que decía “Arcángel Miguel”.

Le mostró a su amigo el tesoro encontrado. Éste sorprendido no pronunció palara, pues la imagen le parecía como de otro planeta. Decidieron emprender rumbo de vuelta cada uno a su casa, sin hablar de lo sucedido por no encontrar nada qué decir en un momento como ese. Siempre habían imaginado encontrar algo en sus excavaciones, pero jamás habían imaginado cómo sería el momento en que eso sucediera.

Se despidieron en cuanto estuvieron en un camino que dejaba a ambos cercanos a sus respectivos hogares. Benito al llegar a su casa escondió la figura, no lo comentó con nadie y decidió esperar las siguientes señales. No sabía bien de qué se trataba esta figura ni su significado, pero estaba seguro de querer seguir encontrando señales. Sí, señales, pues desde ese momento, o quizás desde antes, Benito sabía que tenía una misión muy peculiar en la vida y que debía leer lo que la vida le presentaba. Debió comenzar a familiarizarse con nuevos conceptos y aprender a encontrarse con los poseedores del don. Poco a poco fue descubriendo que las almas y la Pachamama lo habían escogido para seguir el legado de sabiduría de sus antepasados. Quechuas, Aymaras y Atacameños iban a respetarlo como uno más de los suyos; la hoja de coca iba a ser su fiel compañera en su viaje de curandero, hechicero, yatire, o yacho. De ahí en adelante, el altiplano iban a ser su hogar y lo único que necesitase para existir sobre esta faz de la tierra.

“En tus manos está el don, Benito. Desde ahora podrás curar o dañar a los que requieran tus servicios. Cuídate del vil dinero, ama y respeta a los santos y a las almas, y rinde homenaje a la Pachamama cada día que vivas”, se cuenta que se oyó decir en las áridas tierras del desierto de Atacama cuando Benito encontró aquella figura del Arcángel Miguel. A partir de ese momento, todo en su vida sería distinto, estaba destinado a ser un brujo, estaba autorizado por los dioses a hacer el mal y el bien… en sus manos estaba la sagrada hoja de coca, la lengua y la música indígena, las imágenes del cristianismo. Ahora sólo necesita comenzar a escribir el libro de las costumbres y jamás olvidarlas.

 

Por Cristal
llavedecristal.wordpress.com

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