Alejandro Zambra – No leer

No Leer se llama el libro que recurrentemente leo, haciendo caso omiso a su título. Se trata de una obra que salió a la luz pública en el año 2010 gracias a la talentosa pluma de un joven escritor santiaguino, Alejandro Zambra. No leer es un compilado de breves ensayos y crónicas que este autor escribió para diferentes periódicos del país mientras ejercía la complicada labor de crítico de literatura.

Lo cierto es que este libro me atrapó desde la primera vez que lo encontré en el estante de la biblioteca. Estaba en busca de algo que leer, curioseaba entre cientos de libros, todos de colores oscuros y letras parecidas, hasta que me encontré con un libro verde intenso con letras blancas que cautivó mi atención de inmediato y decidí tomarlo. Quizás, lo que más me gustó de aquella obra fue el grandioso título que lleva a un profundo y sutil engaño, dado que cualquiera pensaría que se trata de una crítica a la lectura, mas es una furtiva invitación a leer por placer. Resulta que mientras ejercía la crítica literaria semanal, Zambra se vio obligado a leer textos que le aburrían, que en otra época no habría leído ni bajo amenaza. Sin embargo, una vez que se liberó de esta obligación de leer, comienza a desatarse en él un deseo de recorrer las páginas de textos que podía abrazar y disfrutar. El mismo autor confiesa que le significó un profundo placer el no tener que leer ciertos libros.

Así mismo, en la primera crónica de este hermoso texto, titulada Lecturas Obligatorias, el autor confiesa que recuerda una tarde en el Instituto Nacional “en que la profesora de castellano se volvió a la pizarra y escribió las palabras prueba, próximo, viernes, Madame, Bovary, Gustave, Flaubert, francés”. Además, confiesa que en ese momento supo que de ahí en adelante todos los libros que le hicieran leer en el colegio iban “a ser grandes” y ratifica que así “nos enseñaron a leer: a palos”. Yo coincido plenamente con Zambra, en vez de acercarnos a la literatura y entusiasmarnos, parece ser que los profesores querían disuadirnos, alejarnos para siempre de los libros. Al leer aquella crónica, sentí pena por aquellos que fueron forzados a leer sin chance de aprender a disfrutar la lectura. Sin embargo, sentí una pena aún más profunda por a aquellos que, tristemente, ni siquiera fuimos forzados a leer, ni siquiera a palos pudimos conocer grandes títulos de la literatura universal. Durante mis doce años de colegiatura no se me obligó a leer muchos títulos y los pocos que se me encomendaron no los leí porque no tenía motivos para hacerlo, nunca se me dijo que leer tenía un lado hermoso. Lo cierto es que, aun corriendo el riesgo de terminar odiando la literatura, me habría encantado haberme sometido a las lecturas obligatorias a las que se sometió Zambra, hubiese preferido haber llegado a la universidad aunque sea con una vaga noción de Flaubert, Camus, Kundera, Parra, Levrero, Puig y tantos otros que me fueron privados porque no estudié con los mismos privilegios que los institutanos y otros cuantos…

Aun así, se me obligo a leer papelucho y otros libros y cuentos que no puedo recordar, dado que sólo los leí con un objetivo: poder responder las mismas preguntas de siempre: autor, trama y personajes. Memorizaba todo para obtener una nota y no para enriquecerme y aprender.

Hoy creo que lograron su objetivo, los profesores nos alejaron de los libros, y ahora les tememos, nos dan lata. Llegamos a la universidad y no sabemos quién fue Wilde, sin embargo, presumimos un intelecto que no poseemos y deseamos mantenernos siempre jóvenes como Dorian Gray…

Por Cristal

llavedecristal.wordpress.com

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