Ser humano

Vengo de un país pequeñito del sur del mundo. Para muchos, aquella angosta y larga franja de tierra llamada Chile es desconocida y poco importante. Pero Chile es un país rico que produce lo necesario para que todos sus habitantes disfruten de una existencia plena y sin mayor agobio. Chile es una tierra especial, fértil, llena de sorpresas, generosa, linda y valiente. Vale la pena estar en Chile, próspera y bendita tierra. Sin embargo, después de la instauración de la dictadura de Pinochet, todo se quedó en bonitos e irreales adjetivos. Nos convirtieron en el laboratorio de la implementación del sistema capitalista más profundo, oscuro e injusto del planeta. Chile pasó de ser un país rico, armónico y de gente trabajadora a un país lleno de sombras, crímenes e injusticias.

En consecuencia, nos hemos olvidado de existir en armonía pues nos han forzado a ser esclavos del dinero. Inventaron necesidades que los chilenos nunca hemos tenido, nos impulsaron a comprar televisores y autos nuevos todos los años, sin importar que no podamos pagarlos porque para eso inventaron el dinero plástico, nos quitaron las ilusiones y las cambiaron por deudas. Y la tierra lo sabe. Nuestra adorada Madre Tierra ha sido la principal víctima. Por años nos hemos dedicado a saquear sus entrañas, a secas sus ríos, a matarla con una muerte lenta y dolorosa. Es por eso que se hace necesario reflexionar, buscar instancias como estas para hacernos preguntas en voz alta: ¿Qué es lo que necesitamos para vivir?, ¿Cuán importante es el dinero en nuestras vidas?, ¿Somos felices?

Así es, pensar nuestras vidas nos volverá más humanos y racionales. Preguntémonos, por ejemplo, qué es el desarrollo sustentable y si lo hemos llevado a cabo todos estos años en la tierra. No sabemos con exactitud cuántos pobres hay en Chile actualmente, pero a menudo tenemos a nuestros políticos hablándonos de ellos, de que tenemos que sacarlos de la pobreza. Preguntémonos: Es posible sacarlos de la pobreza con este modelo de sociedad cuyo desarrollo está basado en el consumo infinito. Los elementos materiales se transformaron en el centro de nuestra existencia, lo único que aspiramos es a poder consumir y despilfarrar como ricos.

Hemos construido una sociedad enferma de mercado y no de desarrollo. Nos hemos vuelto esclavos del consumo, de las deudas, de los números, de los billetes, de los índices económicos y de las siglas bonitas. Nos hemos olvidado de vivir. Para que todo esto funcione tuvimos que quebrar un poco las fronteras e introducir un bonito término: globalización. Pero para qué, me pregunto. ¿Acaso es para que todos tengamos las mismas oportunidades o solo para que los mismos de siempre acaparen las riquezas de todos? ¿Elegimos gobernar con la globalización o hemos provocado que la globalización nos gobierne? Ante este escenario de competencias, egoísmos, individualismo: ¿es posible la solidaridad y la unidad entre las gentes? Es complicado si el sistema que nos rige está basado en la competencia descarnada y nos olvidamos hasta qué punto somos seres humanos, cuál el punto donde termina la fraternidad y comienza la lucha individualista por la obtención de dinero?

Hemos llegado a un punto de crisis clave, pero la crisis esta vez no es sólo económica, es también política y medio ambiental. Lamentablemente somos víctimas del sistema que hemos creado y ahora nos gobiernan los números que tanto nos gustaban antes. Sin embargo, hemos venido al mundo en busca de la felicidad. Podremos habernos olvidado de vivir, pero aún así queremos ser felices, no podemos evitarlo y sabemos a ciencia cierta que nada vale tanto como la vida. Ningún producto que nos ofrece el mercado es más valioso que la propia existencia. Por eso de vez en cuando sufrimos, nos angustiamos al pensar que la vida se nos va a escapar trabajando para consumir, para ser parte de algo. De vez en cuando nos damos cuenta de que odiamos la sociedad de consumo, no queremos que el hiperconsumo sea el motor de nuestras vidas, que haya que vender mucho para luego usar y tirar.

Pero cómo encontramos una sociedad que nos permita trabajar, comprar y ser felices a la vez. Lo cierto es que no se trata de volver a las cavernas, de renunciar a todo y comenzar de nuevo. Se trata de reflexionar y llegar a un consenso. Volvernos humanos con conciencia, con poder de decisión, con amor y felicidad. Para eso debemos dejar de estar gobernados por el mercado. Debemos renunciar al mercado como nuestro motor de vida. Tenemos que reaccionar, abrir los ojos y aceptar que la causa de todos los males de esta tierra reside en el modelo económico. Pensemos cuál queremos que sea el destino de la vida humana y de todas las vidas de nuestra Madre Tierra. Basta con pensar, volver a escuchar los discursos que apuntaban hacia ese lado antes de que un golpe nos robara la esperanza. Volver a la vida, volver a sonreír debe ser el destino que elijamos para nuestro mundo.

 

Por Cristal
llavedecristal.wordpress.com

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