Un compañero de convicciones

En la sangrienta mañana del 11 de septiembre de 1973 en la casa de gobierno de Chile, La Moneda, murió un padre, mas nació un héroe.

Existe una posible contradicción en la figura de Salvador Allende que siempre me ha llamado la atención: la dualidad de ser padre y presidente a la vez. Digo posible contradicción, porque quizás en realidad ni lo sea, y solo en el papel parezca algo irreconciliable.

El asunto es el siguiente. El presidente Salvador Allende Gossens, cuando asume la épica tarea de llevar a cabo “la segunda independencia de Chile”, era padre de tres hijas: Carmen, Beatriz y María Isabel, todas hijas de su matrimonio con Hortencia Bussi.

Sin embargo, pese a su condición de padre y esposo, la mañana del negro 11 de septiembre, se vio obligado a tener que actuar ante un hostil escenario que ni en sus peores pesadillas podría haber imaginado: tener que decidir entre sus distintos roles y responsabilidades. Aquel hombre, que confiaba con la confianza de antaño, de esa que se sellaba con un apretón de manos, se vio forzado a elegir entre actuar como esposo, como padre, o como presidente. Una decisión en la que pocos actuarían a su altura.

Ya enterado a primera hora de aquella mañana del 11 de septiembre de la infame insurrección militar, Salvador Allende no decidió escapar, ni esconderse, como hasta ese momento era la tónica de los mandatarios sacados por los militares en Sudamérica, por el contrario, decide vestirse para la ocasión y es conducido, como cada mañana, a La Moneda, abandonado por última vez la residencia de calle Tomás Moro. Más tarde se comprobaría que ni siquiera en la casa de los presidentes podría haber estado a salvo, si es que hubiese decidido guarecerse allí, pues los ineptos parásitos militares, como una jauría detrás de su presa, no dudarían en su objetivo, obtener la cabeza del presidente, y para ello, incluso bombardearían, asediarían y posteriormente, saquearían la, hasta ese entonces, residencia de los presidentes de Chile, la casa ubicada en calle Tomás Moro, en la comuna de Las Condes, Santiago.

Es en este escenario, cuando una densa capa de maldad fascista descendía como una telaraña sobre Santiago, donde emerge la estatura del compañero presidente por sobre todo. El padre podría haberse replegado con su familia y negociado una salida pacífica del poder. El esposo podría haberse quedado con Hortencia, y entregado todo con tal de que ella ni su familia sufrieran ningún tipo de daño. Mas ese día fue el presidente, el cual, consciente del cargo Popular que le fuera entregado y no usurpado por él, el que decidió no rendirse a las balas, la infamia, y la miseria humana expresada en un ejército cuyo fin, se suponía, era defender la soberanía y ser leal a su presidente.

Avanzaron las horas, los llamados telefónicos se sucedían. El presidente intentaba comunicarse con el hasta unas horas antes, “guardián de lo constitución” y “leal” al gobierno, general del ejército Augusto Pinochet Ugarte. Sin embargo, el general no contestaba, y el presidente Allende se lamentaba, pues decía que seguramente había sido capturado por los miserables golpistas. Craso error, el general ya se había vendido por nada. Con tal vez de escribir su nombre en la historia de lo manera más ruin posible, como un traicionero, ya se había plegado a los golpistas: José Toribio Merino (Armada), Gustavo Leigh Guzmán (FF.AA) y Cesar Mendoza Durán (Carabineros).

Ya reconocida la traición y los enemigos, el presidente se arma en La Moneda. Junto a él están sus más cercanos colaboradores. El palacio es cercado por tanques. Francotiradores apuntan a la casa de gobierno. Pero la decisión ya está tomada, Salvador Allende no abandonará el cargo que el Pueblo le diera. Y así fue, tras su inmortal discurso en Radio Magallanes, y tras una serie de amenazas de los cobardes detrás de las armas militares, como aves vomitando fuego, uno tras otro, los aviones comenzaron a dejar caer sus bombas. Desde abajo, las balas impactaban marcos y ventanas. Los balcones, desde donde salieran las palabras valientes y claras del presidente del Pueblo, ahora solo son una boca caliente desde donde salen lenguas de humo y fuego. El presidente resiste, el presidente dispara. La horas avanzan, y por más que quisiera el ejército una “salida limpia”, Allende se encarga de que todo el mundo vea cómo el primer gobierno socialista elegido democráticamente en el planeta es derribado a punta de balas y bombas. Y lo logra. Dentro de la tragedia de aquel día, al menos, Allende logra una victoria visual, la imagen de las bestias atacando La Moneda queda para la historia, no como un símbolo de la victoria de los opresores, sino como el símbolo de la muerte de la democracia y el triunfo de la tiranía.

Trato de imaginar las cosas que pasaban por la cabeza del presidente en esos momentos, y la verdad, no logro siquiera visualizar lo que pensaba, por eso, solo me puedo preguntar. ¿Habrá pensado en su esposa? ¿En sus hijas? ¿Habrá pensado que lo mejor era pactar algo con tal de permanecer con vida para sus más cercanos? ¿Habrá pensado en quizás entregarse y evitar un baño de sangre mayor? Quizás sí, quizás no. Lo cierto es que sus acciones hablan más que sus palabras. El decidir defenderse, a sabiendas de morir en el intento y dejar a esposa e hijas, no puede sino ser considerado un acto de entrega y consecuencia digno de admiración. Fue un acto carente de todo egoísmo, un acto de bondad, un ejemplo a las actuales nuevas generaciones.

Su esposa jamás lo reprochó, quizás consciente de lo que significaba estar casada con un hombre fiel a sus convicciones y dispuesto a morir por ellas. Su hija Beatriz en cambió jamás lo pudo superar, y el año 77 se suicida en Cuba. Tal vez, ese fue el precio de defender sus ideas, dejar a su familia, pero también significó, de alguna manera, un acto solidario con todos aquellos que se aprestaban a recibir los castigos, prisiones, humillaciones, torturas y desapariciones más crueles que puedan existir. De alguna manera actuó como un padre, pero un padre de millones.

Ubicado en un tránsito histórico Salvador Allende Gossens actuó a la altura de las circunstancias. En el algún rincón de su corazón aquel 4 de septiembre de 1970 sabía que su vida ya no solo le pertenecía a él ni su familia. Seguramente, en ese momento comprendió que el ser presidente no solo era estar en las buenas, sino que sufrir en las malas con quienes lo habían elegido. Ese 4 de septiembre decidió que su corazón y el del Pueblo eran uno, y que si había que defender sus ideales, no enviaría a otros a ponerse al frente en primera fila, sino que él mismo, con la valentía que lo llevó a denunciar a las transnacionales y al imperialismo gringo en la ONU un año antes, con ese mismo coraje defendería ahora con su vida los sueños y el gobierno que el Pueblo le entregara.

El Presidente Salvador Allende finalmente es muerto en el palacio presidencial el 11 de septiembre de 1973.

 

Por Pablo Mirlo
pablomirlo.wordpress.com

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