La cárcel del consumismo

El año 2009 compré un nuevo computador personal, un HP Pavillion muy bacán que prometía harto y me costó bastante caro, pero en ese momento necesitaba algo bueno y duradero así que accedí a comprarlo a pesar de su precio. El tema es que al tercer año de uso, el compu comenzó a comportarse de muy mala manera: se quedaba pegado, se llenaba de virus constantemente, se apagaba de la nada, se demoraba en encender y apagar, entre otras. Así que lo llevé a un servicio técnico confiable (conocía a los técnicos por muchos años) y me dijeron que podía darle algo más de uso, pero no tendría mucho sentido porque esos computadores están programados para funcionar tres años y a lo mucho cuatro. Para mí la noticia fue terrible porque esa inversión fue hecha pensando en que me durara al menos cinco años –una vez que hubiera terminado mi carrera y tuviera un trabajo que me permitiera comprarme otro aparato. Pero no fue así, el compu murió y yo tenía que hacer mi tesis, no me quedaba más alternativa: debía comprar otro computador. Esta vez, con resignación y sin mucha plata me compré un compu cuatro veces más barato que el anterior, deseando que me sirviera, por último, hasta terminar la tesis.

Recordé esta historia cuando vi el documental Obsolescencia programada que habla sobre la caducidad de los productos electrónicos en una sociedad construida y pensada para comprar y botar. Es así como las industrias, aquellas bestias cuyo dios es la Economía, se han puesto de acuerdo (más o menos desde la Revolución Industrial) para desarrollar productos de mala calidad que duran muy poco o productos programados para caducar en cierto tiempo. Todo esto con el fin de que la gente siempre esté comprando y así su dios –la Economía– podrá seguir vivo y activo. Supuestamente con el dios Economía vivo y activo todos los seremos humanos somos más felices y libres, tal es la pomada que nos venden.

Luego de ver el documental me puse a pensar que en mis veintitrés primaveritas he tenido al menos ocho celulares, al menos seis computadores, incontable cantidad de ropa, zapatos y accesorios. He generado tantos desechos que va a parar a los basurales del tercer mundo, qué tristeza. Sí, al tercer mundo porque los países industrializados se preocupan de generar dinero, pero no les interesa hacerse cargo del daño que le hacen al medio ambiente. Para eso está el tercer mundo… Más encima en esta sociedad casi todo se compra a crédito. Por suerte crecí en una familia que consideraba que tener bienes “fiados” era un pecado capital, así que nunca he adquirido una deuda. Pero no es el caso general de Chile cuya población está endeudada hasta el cogote, si hasta los estudiantes tienen deudas con las tiendas y los bancos. Es como que los fabricantes supieran que terminaste de pagar la última “letra” de lo que adquiriste porque enseguida notarás que se echa a perder o funciona peor que antes. Para más remate, para defender a su dios Economía, tienen la publicidad que engatusa hasta a los más fuertes y cual Biblia los evangeliza para amar la Economía, servirle, alabarla y regar semillas por el mundo para que todos sigan la doctrina del compra, usa y bota.

Ahora me pregunto si es posible una sociedad donde las cosas no sean desechables, donde las cosas duren y se hereden como el conocimiento o la fe, una sociedad donde no reine el dios Economía. Y la verdad es que no lo sé. Personalmente me gusta tener una mentalidad positiva, me gusta ser optimista, pero en este caso me cuesta. Vivimos en una sociedad en la cual hasta los sentimientos tienen precio, la rebeldía te la vende el mercado, todo se compra, por tanto no sé si la gente quiera dar un giro radical y acabar con este sistema económico opresor. No sé si dejar de llamarle capitalismo para pasar a llamarle comunismo, pues ninguno de ellos ha sido implementado de manera eficiente, por tanto yo llamaría a un sistema de conciencia, en el cual cada persona deje de ser manejada por el dios Economía y pase a ser consciente de que sus decisiones afectan directamente a la Madre Tierra y a todos los seres con quienes compartimos esta gran, redonda y hermosa casa. Dejemos de tirar desechos en los basurales del tercer mundo y comencemos a vivir sin mayores pretensiones, adquiriendo solo lo necesario, arreglando lo que se nos eche a perder y compartiendo con nuestros amigos, vecinos y pares. Ese mundo es posible, de hecho mis padres crecieron así y nadie murió en el intento. Mi padre sabía arreglar todos los enseres domésticos y mi madre fabricaba su propia ropa, por ejemplo. Debemos tomar conciencia y regresar a ese tiempo a fin de darle un respiro a la Madre Tierra que tanto lo necesita.

 

Por Cristal
llavedecristal.wordpress.com

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