De espaldas al Pueblo

Trascurridos ya 11 meses del inicio del periodo presidencial y parlamentario encabezado por la presidenta Michelle Bachelet, es bueno hacer un breve análisis de la labor de quienes otrora dejarán los pies en la calle luchando por una educación gratuita, y que ahora, en cambio, engordan su estómagos y cuentas bancarias vegetando en el parlamento: las caras visibles del movimiento estudiantil del 2011.

CONSIGNAS PASADAS

Recuerdo que en el verano del 2011 vi completa la serie de documentales realizados por el gran Patricio Guzmán, La Batalla de Chile. Para los que desconocen su monumental obra no pueden no verla. En la Batalla de Chile se retrata de manera magistral la construcción del tejido social que dio vida al Gobierno Popular de Salvador Allende. Se muestran las discusiones de obreros, la labor de los sindicatos, la lucha del Pueblo, que por vez única y primera, no solo tenía voto, sino que también voz en todo lo concerniente a la toma de decisiones que repercutían a diario en su vida y trabajo. La serie de documentales también retrata la insurrección burgués que terminó asesinando a Salvador Allende, y junto con ello, los anhelos de millones que de la noche a la mañana, pasaron a ser perseguidos, torturados, asesinados y desaparecidos, a lo largo de despreciables y eternos 17 años. Lo que vino después, tampoco fue mejor. Tras el fin de la dictadura cívico-militar y económica, nos quedó como legado una constitución forjada por fascistas en plena dictadura, que ningún político ha tenido la valentía de querer cambiar hasta este mismísimo día. Porque sí, que el mundo sepa, en Chile nos gobierna una constitución hecha por el tirano Pinochet y sus secuaces hasta el día de hoy. Todo esto se retrata en esta serie de documentales.

Pues bien, menciono este documental, pues allí se ilustra de manera hermosa las multitudinarias concentraciones de millones de personas que luchaban con entusiasmo por sus utopías, sueños y esperanzas. Que luchaban por el derecho a construir una sociedad mejor. Por el derecho a equivocarse intentándolo si era necesario, pero sin jamás renunciar a esa libertad de soñar y fuerza que les daba el momento histórico en el que estaban, pues no estaban viendo la historia pasar ante sus ojos como muchos antes lo habían hecho en este país históricamente sometido al poder económico; ellos mismos eran la historia y la estaban haciendo.

Pues bien, cuando vi estos documentales no puedo negar que una sensación de impotencia me recorrió por completo, pues el estado de las cosas en Chile, a comienzos del 2011, era deplorable. Ya nada quedaba de todo lo que vi en ese documental. El obrero –parafraseando a la gran Violeta Parra– ya no sabía lo que valía su dolor. Los estudiantes brillaban por su ausencia, cada cual más preocupado de vestirse bien, de vivir en los centros comerciales, y de tener lo último en tecnología. Ya no había líderes honestos como el compañero Salvador Allende, ni nadie que luego de su muerte hubiera alzado sus banderas de lucha y justicia social. Es más, muchos de sus “compañeros”, hoy son grandes empresarios, otros se vendieron al sistema y otros, se avergüenzan de haber luchado lado a lado con él. Patéticos todos ellos.

Fue así que, con la sensación de impotencia de no ver un despertar en el Pueblo de Chile, de tanta indolencia ante el dolor ajeno, de tanta injustica contra los luchadores sociales que pelearon, sangraron y murieron en la guerra contra la dictadura, y de tanto conformismo con el modelo de mercado y estado de las cosas, ese verano me rendí ante la fuerza de la realidad de que en Chile, ya no habría otro despertar similar al de finales de los años 60 y comienzos de los 70.

Sin embargo, las cosas a partir de mayo del 2011 parecían encender una pequeña luz de esperanza.

MOVIMIENTO ESTUDIANTIL

Fueron miles los que se congregaron en Valparaíso el 21 de mayo de ese año para protestar contra el nefasto gobierno de ultraderecha encabezado por el empresario Sebastián Piñera (lo más parecido a Peña Nieto en México que haya parido esta tierra). Y eso, solo sería el comienzo.

Los siguientes meses las consignas se unificaron y el movimiento estudiantil salió en masa a las calles a exigir: educación gratuita, pública y de calidad. La universidades estatales, y algunas privadas, fueron tomadas por los estudiantes. Algunas estuvieron en paro 6 meses, otras 7 y otras, hasta 8 meses, como lo fue el caso de la Universidad de La Serena.

Las marchas se volvieron multitudinarias. Hasta 300 mil personas y más marcharon por la Alameda de Santiago en un determinado momento y la revolución se palpaba en el aire, se podía sentir, se podía respirar.

Líderes carismáticos emergieron: Camila Vallejo (Presidenta de la federación de estudiantes de la Universidad de Chile, 2011), Giorgio Jackson (Presidente de la federación de estudiantes de la Universidad Católica, 2011), Gabriel Boric (Presidente de la federación de estudiantes de la Universidad de Chile, 2012).

Las cosas marchaban bien ese 2011, el gobierno de Piñera estaba contra las cuerdas, y los estudiantes no cedían en sus posturas. Se podía tener fe nuevamente en el Pueblo de Chile y los estudiantes: las utopías y luchas estaban de regreso.

Sin embargo, al final, no se consiguió nada el 2011, ni el 2012, y ni el 2013, año que, además, era de elecciones presidencia les en el cual, lo lógico, era que ese mismo Pueblo que marchó el 2011, eligiera un candidato que sirviera al Pueblo y que realizara cambios profundos al modelo económico, que convocara a una asamblea constituyente y que entregara derechos sociales a un pueblo largamente oprimido, sobre todo en áreas como la salud, la educación y la vivienda. Nada de eso. Ese año ganó la candidata presidencial amada por Rockefeller y venerada por Estados Unidos: Michelle Bachelet. Una candidata insípida que se rodeó, adivine de quién para hacer campaña, pues de muchos de esos “líderes” del 2011. Como por ejemplo: Camila Vallejo y compañía.

Los otrora estudiantes marchantes del 2011, los otrora críticos del parlamento, los otrora contrarios a cualquier alianza política, el 2013 no tuvieron ningún problema en venderse al mejor postor y luchar por conseguirse un puestito en el parlamento, pues según ellos: “para cambiar el sistema había que hacerlo desde adentro, no desde la calle”.

TRAICIÓN CONSUMADA

Hoy, 2015, lejos de haber ya cumplido todos los anhelos que flotaban en el aire 2011, los otrora líderes carismáticos: Camila, Giorgio, Gabriel, todos ellos, vegetan en el parlamento y no han hecho nada por cambiar las cosas, o luchar por lo que creían. Un sueldo de 8 millones de pesos mensuales (16 mil dólares) bastó para silenciar sus convicciones.

Al parecer, el gran negocio lo hicieron ellos el 2011, apareciendo en pantalla a cada rato, hablando por el Pueblo, para luego hacer carrera política a costa de ese mismo Pueblo. La traición no se olvida y sea lo que sea que hagan, los que todavía creemos que las cosas se hacen con la gente, y no con los vejestorios que pueblan el parlamento, no les perdonamos el haberse pasado a la vereda del frente; esa misma vereda que hasta el hartazgo criticaron, claro, hasta que les ofrecieron un puestito para ganarse la vida a costa de nuestros impuestos y callar impunemente.

Hoy, verano del 2015, me siento igual que el verano del 2011 tras ver La Batalla de Chile, con una impotencia enorme de ver como la indolencia, la falta de sueños y hambre de justicia deambula como una nube tóxica en las mentes de nuestro golpeado Pueblo.

¿Cuánto más tiempo esperaremos para encender la mecha de la revolución popular?

¿Cuántas traiciones más habrá que soportar?

Por Pablo Mirlo

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