Estadio Nacional

Sábado 4 de julio, Estadio Nacional, Santiago de Chile. Por un lado, Sergio Romero (portero de Argentina), al frente, Alexis Sánchez (delantero de Chile). Luego de 120 minutos de juego todo se reduce a un solo penal. Chile lleva la delantera, 3 penales convertidos; Argentina, solo 1. Alexis toma distancia, contempla la gloria cara a cara, prepara su pierna derecha, dispara, ¡gooooool! Chile, por primera vez en su historia, es campeón de América. La locura es completa en el estadio, ni hablar de las calles, un verdadero carnaval se desata en todo el país. El sonido ambiente en cada rincón de esta tierra es ensordecedor, y una sonrisa pareciera haberse dibujado de manera instantánea en los cerca de 17 millones de chilenas y chilenos. Por fin, la gloria es nuestra. Por fin, podemos celebrar.

Para muchos el fútbol no es más que un grupo de hombres corriendo detrás de una pelota. Para otros, es el opio del pueblo. Para mí es el juego de los humildes, de los pobres, de los de verdad.

Dedico palabras a la más reciente victoria de Chile sobre Argentina en la final de la  Copa América 2015 pues, soy futbolero, nací en esta tierra, y además, porque hay simbolismos en este triunfo que van más allá del simple juego que no se pueden obviar.

Primero que todo, la victoria se logró en un recinto deportivo donde se encarceló, torturó y asesinó a tantas personas en los primeros y macabros meses de la dictadura del tirano Pinochet. Que ese lugar, marcado por la tragedia, se convirtiera en un lugar de tanta alegría el pasado 4 de julio, no borrará las marcas de las almas que aún se pasean y buscan consuelo en las graderías y pasillos de ese estadio. La historia no se borra, se recuerdan las heridas y no se olvidan a los que allí murieron. Sin embargo, esa victoria nos señala un nuevo rumbo, una nueva forma de hacer las cosas si así lo deseamos, y nos enseña que, en ese mismo lugar, donde se hizo tanto mal, también se puede hacer mucho bien, sobre todo cuando se persiguen sueños en común como pueblo. No siempre la maldad triunfa sobre el bien, a veces nos da respiros de 90 o más minutos.

Segundo, esa copa es el triunfo de los perdedores del sistema. Esa copa le pertenece a todos los que nacimos para perder en una cancha desigual: la cancha de la injusticia y desigualdad de un sistema no elegimos a voluntad. Los que allí dejaron todo en la cancha, en su mayoría, son los representantes de millones que, como nosotros, no nacimos entre manjares y cunas de oro; los que no nacimos rodeados de riqueza. Es el triunfo de los invisibles del sistema; los que colgamos, a penas, de eso que llaman desarrollo económico. Es el triunfo de todos aquellos que jugamos alguna vez en canchas de tierra, con pelotas de trapo y en partidos que duraban toda la tarde, hasta que se hacía de noche y había que partir corriendo a la casa. Es el triunfo de los que soñábamos con jugar un mundial cuando niños, ni siquiera ganarlo, solo jugarlo. O de aquellos que solo podíamos imaginar cómo sería jugar en una cancha de pasto: todos lujos totalmente fuera de nuestro alcance. Es el triunfo de los pobres.

Tercero, aquel triunfo del pasado 4 de julio, es la espina clavada y al fin sacada de tantos fracasos en cancha y sueños que aterrizaban de golpe y nos devolvían a nuestras miserias diarias tras cada gol en contra en los últimos minutos, pelotas en los palos, goles mal anulados, autogoles, etc. Todo eso, por primera vez, no nos sucedió, y el resultado fue lo que siempre soñamos: ganamos y somos campeones; al fin una copa engalana nuestras vidas.

Como decía anteriormente, muchos critican el fútbol, pues lo consideran un mero sedante social manipulado de las altas esferas para controlarnos, pero yo me preguntó: ¿No es acaso un sedante la desinformación diaria de las noticias? ¿No es acaso un sedante la pésima televisión abierta? ¿No es un acaso sedante la teleserie de moda? ¿No es acaso un sedante la enorme y avasalladora industria cinematográfica de Hollywood, la moda, la falta de cultura, arte, etc.?

El fútbol es un negocio, eso lo tengo claro, pero el fútbol, visto como un simple juego es lo que yo amo. Es el fútbol  quien, en un país con una educación pública y privada tan deficiente como la nuestra, ha hecho soñar y volar más mentes que cualquier materia enseñada en las aulas. Es ese mismo fútbol que, tanto critican algunos, el que le ha dado la alegría más grande de la que se tenga memoria a un país constantemente sometido por las elites empresariales y económicas al constante abuso y desgracia. Y más importante aún, es ese mismo fútbol quien, y no ningún político o empresario, el que hará que mañana los niños y niñas de este país tengan más ganas de jugar, más ganas de ganar, pues saben que personas, igual de pobres que ellos en sus inicios, lo lograron, y por ende, ellos también pueden lograr alegrías mayores para este sufrido pueblo.

Qué más quisiera que nuestras alegrías fuesen diversas. Que fuésemos felices elaborando nuestra propia Constitución. Que fuésemos felices estudiando en instituciones públicas, gratuitas y de calidad. Qué más quisiera que nuestra salud fuese un derecho garantizado sin letra chica. Qué más quisiera ciudades integradas y no segregadas. Qué más quisiera que nuestras alegrías fuesen diversas. Sin embargo, por ahora, solo podemos apelar al fútbol para lograr sentir una pizca; una fugaz alegría de lo que significa todo eso. Por ahora, solo podemos experimentar a través de ese triunfo algo de lo que es sentirse ganadores en una vida que pareciera gritarnos cada día que perderemos, y no porque la vida sea mala, sino que por culpa de quienes hacen que nuestras vidas sean así.

Por ahora, es motivo de alegría nacional que aquella rebelde pelota siga entrando en arcos ajenos y no el nuestro. Sin embargo, ya vendrán más alegrías, y no solo desde el campo de juego, sino que desde las calles, las poblaciones y ciudades; el pueblo triunfará otra vez, y no solo en: el Estadio Nacional.

Por Pablo Mirlo

pablomirlo.wordpress.com

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