Redes de dopamina

Ya empezaba a ser notorio el problema. Las redes ilegales conocidas como RDA, empezaron a popularizarse. Nadie le prestó la debida atención al asunto.

Era común saber de jóvenes que conseguían  dinero y lo reunían entre ellos, para pagar una membresía que compartirían a diario. Quince días de conexión costaban casi un salario mensual básico.

Los conocedores en neuroinformática podían armar fácilmente una red de dopamina artificial, siguiendo una receta con pasos sencillos y bien definidos que, por su cantidad, tomaba años completar. El producto final era una red que cobraba por el acceso e interconectaba a los usuarios. Aquel que se conectaba a una RDA, debía hacerlo mediante un cable especial que iba directo a cualquier vena que elija. El cable funcionaba de forma parecida a una impresora 3D: mediante las instrucciones recibidas desde el servidor, dibujaba moléculas parecidas a las de la dopamina natural, usando como lienzo las células sanguíneas residuales que entran en contacto al momento en que el usuario insertaba el instrumento en sus venas.

Las personas adictas a las RDA no mostraban síntomas físicos, salvo los evidentes pinchazos. Tampoco se podía demostrar el consumo de dopamina artificial, puesto que la molécula era muy parecida a la de la dopamina real y no dejaba metabolitos luego de su absorción por el cuerpo. Luego de muchos años, se descubrió que la dopamina artificial dañaba leve y reversiblemente los receptores D3 y D5 del cerebro. También se logró demostrar que producía una fuerte dependencia psicológica, por lo que se la declaró un problema de salud pública en muchos países.

El consumo de dopamina artificial continuó por muchos años. Llegaron a desmantelarse muchos servidores para RDA. Se impusieron consecuencias legales fuertes, tanto para proveedores como para consumidores. Sin embargo, los especialistas informáticos pasaron a la defensiva para proteger su lucrativo negocio. Aprendieron a violar los monitoreos de las autoridades y aumentaron los precios de su servicio con la excusa de la escasez. Eso provocó un enorme desmejoramiento de la calidad de vida de los adictos, que recurrieron a drogas convencionales para reemplazar su hábito de conectarse a las RDA.

Las autoridades llegaron a notar que la lucha contra las drogas en general, sobre todo la criminalización del consumo, incitaba a la gente a consumir reemplazos cada vez más dañinos para su salud. Entonces se empezó a hablar de una legalización. Los gobiernos vieron en esto una increíble oportunidad de negocio. Con la excusa de que la dopamina artificial no dañaba de forma notoria el organismo de los adictos, el gobierno legalizó por completo las RDA. Los consumidores celebraron.

Luego de muchos procesos legales y sociales, los gobiernos se hicieron con el derecho de ser los únicos proveedores de RDA. Contradiciendo su anterior postura, decidieron castigar y criminalizar el consumo y venta de todas las drogas convencionales, incluido el alcohol y el tabaco. Esta situación orilló a muchos consumidores de otras drogas a hundirse en una espiral de destrucción que saturó el sistema penitenciario. Otros consumidores decidieron utilizar los sistemas estatales de rehabilitación, cuya meta era hacer que los adictos a drogas convencionales reemplacen su uso por el de la dopamina artificial que les proveía el mismo gobierno con un llamativo subsidio.

Así los gobiernos se quedaron el lucrativo negocio de las RDA, a costa de la salud y libertad de muchos consumidores de otras sustancias.

Por Donovan Rocester

donovanrocester.wordpress.com

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