En busca de La noche

Me siento en un rincón de una vieja taberna de La Paz y leo La noche de Jaime Saenz, tengo entre mis dedos una vieja copia manchada de vino que pretende borrar la oscuridad de la noche que embriaga cada verso. Entonces me pregunto qué es la noche en estas páginas, qué es el cuerpo en estos versos. No quiero responderlo porque, al igual que Jaime, sé bien que no son las palabras las encargadas de develar la claridad que se esconde tras la noche, es algo que trasciende al lenguaje y que solo los iniciados, como bien señala Jaime, aprenderán a conocer.

Sin embargo, sigo pensando, no me resigno y mi estómago empieza a arder porque yo también quiero saber qué o quién es la noche; quiero sacarme este cuerpo y nadar en el petróleo de la noche, hundiéndome, inmovilizándome, no pudiendo ya escapar, porque de seguro de la noche no se regresa, y si se regresa, no se regresa igual. Entonces lo decido, el alcohol es un medio de transporte, ya no es preciso nadar y agotar el cuerpo, es el alcohol el que lleva al otro lado de la noche; es la llave correcta de la cerradura que abre la puerta hacia el otro lado de la noche. Entonces lo vislumbro: la noche habita en cada cual, no es necesario escapar del cuerpo para irse a otros hogares, es menester entrar en el cuerpo para sacárselo. El alcohol te lleva hacia un viaje interno, lo externo no existe, la noche habita dentro y el cuerpo distrae. Y así como cada cuerpo tiene su cuerpo, cada noche tiene su cuerpo.

Pero ¿en qué consiste el otro lado de la noche? ¿Es acaso entregarse mansamente a los brazos del alcohol para luego explorar el terreno seguro de la inmensa oscuridad nocturna? Dije nocturna, no sé si Jaime me habría consentido no referirme a ella simplemente como la noche, pero en el terreno de la especulación todo vale. Allá él que no puede ya quejarse. Pero volvamos, Jaime dice que el otro lado de la noche consiste en que la noche se posesiona de tus ojos para mirar con ellos lo que no puede mirar con los suyos. Yo digo, insisto, que la noche está dentro y quiero ir a por ella, pero no soy un bebedor avezado, soy un principiante y seguro la noche, el otro lado de la noche no se les revela a los aficionados como yo, sino a los genios como Jaime.

Es que en el fondo soy cobarde, no para la noche, sino para el alcohol. Y es en este preciso momento que comienzo a sentirme profundamente imbécil. En la silla de madera de una vieja taberna con una botella de vino frente a mí, me propongo iniciarme en la búsqueda introspectiva de la noche sin tener siquiera las agallas para beber un sorbo sin arrugarme. Quién sabe si con esta actitud la noche se me revele, quién sabe si me aguanto y no me espanto al tenerla frente a mí, o dentro de mí. Es que ya lo advirtió Jaime, el retorno del otro lado de la noche es en realidad un milagro y solo los predestinados lo logran. Yo no soy un predestinado, soy un infeliz que acude una velada a una vieja taberna paceña con una pretensión que no puede cumplir. Después de contemplar la noche por dentro no podría ya volver a enfrentarme conmigo mismo –vale decir con el mundo.

Existen ciertas afinidades con lo oscuro; y quien no las tiene, jamás podrá acercarse a la noche. Quise creer que viajar a La Paz y buscar a Jaime entre las calles sería suficiente, pero no hay rastros de él en esta ciudad que lo inventó con versos y con un horizonte cercado por cerros que no le permitieron ver más allá, confinándolo a indagar en la noche, que también era él. Sentado en esta vieja taberna repaso en mi mente las calles de La Paz, el horizonte imaginario tras los cerros, las casas, las nubes y comprendo que para alcanzar el otro lado de la noche hace falta cierto genio, no basta con beber alcohol o mirar dentro de uno mismo, hay que de verdad querer sacarse el cuerpo; y para eso, hay que saber qué es el cuerpo.

Quise ver la noche caer desde la altura de los teleféricos, mas el sol se despidió y la noche no apareció. Me adentré en las céntricas calles de la ciudad, cuando ésta estaba dormida, buscando la oscuridad de la noche que abraza las esquinas, pero no la hallé. Todo esto lo entiendo pues ya entrada la noche, la normal, esa que todos conocemos, se me revela que la verdadera noche no es la que dura doce horas y sucede al día, sino es la que lleva cada persona en su interior. Creo que ésta se encuentra en el cuerpo, pero no en la piel, sino más hondo. Pues en todo caso, tu morada, tu ciudad, tu noche y tu mundo, se reducen a tu cuerpo; y es el cuerpo mismo donde la noche se esconde, donde la noche quiere contemplar el mundo a través de tus ojos; donde la noche se burla de ti que la buscas incansablemente en la inmensidad del mundo ordinario, sin saber que está en ese otro mundo, ese mundo que es el cuerpo.

¿Qué es la noche? Podría preguntármelo la noche entera y no lo descubriría. Soy un turista en terrenos inexplorados que por ansiedad y poco profesionalismo no alcanza ya a abarcar las profundidades de la noche. Los amantes de la literatura tenemos un sueño, un sueño que se traduce en muchos sueños pero que en la práctica se reduce a uno que engloba todo: llegar a conocer a nuestros autores favoritos, pisar su tierra y leer sus libros como imaginamos que ellos los han escrito, procurando alcanzar, abrazar su mensaje como ellos hubieran querido.

Sin embargo, aquí estoy, soñando con la noche inalcanzable que describe Jaime, atrapado en la noche ordinaria que todos conocemos. Viajé a La Paz, caminé por sus calles con las Imágenes paceñas y los versos de Jaime penándome constantemente. Mi mirada estaba nublada por su perspectiva. Quería descubrir y conocer la noche que a él le fascinaba y beber el alcohol que a él lo paralizaba, pero no estoy predestinado. El alcohol es el medio de transporte, la noche el destino, pero la noche de Jaime no es mi noche. Cada cual con su cuerpo, cada cual con su noche. La noche del no retorno, la noche del alcohol, la noche que libera de los cuerpos, la noche de la cual solo los predestinados regresan. Cuando pasen las lunas sobre mi cabeza y me pregunte qué ha dominado mi vida, quisiera responder con orgullo: “la búsqueda de la noche”.

La experiencia más dolorosa, la más triste y aterradora que imaginarse pueda,
es sin duda la experiencia del alcohol.
Y está al alcance de cualquier mortal
Abre muchas puertas
Es un verdadero camino de conocimiento, quizá el más humano, aunque peligroso en extremo.
Y tan atroz y temible se muestra, en un recorrido de espanto y miseria,
que uno quisiera quedarse muerto allá.
Pues el retorno del otro lado de la noche es en realidad un milagro,
y únicamente los predestinados lo logran.

*Fragmento de la noche

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Por Cristal

llavedecristal.wordpress.com

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