Tras la huella de Jorge Teillier (I)

La primera vez que leí en serio un texto de Jorge Teillier fue cuando un poeta amigo compartió una foto con un poema que comenzaba con la siguiente interrogante: ¿Por qué estoy en un lugar / que no me dice nada? Justamente por esos días yo estaba sumida en esa sensación de que el sitio al que había escapado nada me decía y me sentía desvanecer en el negro silencio del lugar ajeno a mis palabras. Entonces leí el poema entero y lo releí y busqué más poemas de Jorge Teillier y vi sus entrevistas y dormí con sus poemas y soñé con las voces de sus muertos.

He perseguido a este poeta durante largos años. Así, como quien no cesa de buscar el tesoro que desconoce pero posee absoluta certeza de encontrar, en enero pasado me fui tras su huella a su tierra natal, quería estar en una ciudad donde todo se llamara Jorge Teillier, donde se pudiera leer sus versos en las paredes de las casas, donde el sonido de los trenes me hablara de su nostalgia, donde el frío sur de Chile me contara de las inclemencias del tiempo, de la belleza del paisaje y de los versos que afloran como si pisáramos una tierra bendita donde fluye el verso sin mayor esfuerzo.

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Tomé el primer tren que sale desde Temuco una mañana grisácea con olor a sur, hacía mucho frío pero gracias a la emoción que me embargaba en ese momento, apenas lo sentí. A las 9 de la mañana arribé a Lautaro. Hice el viaje en tren, como a él le encantaba hacerlo cada vez que regresaba desde la gran capital a su aldea. Ni bien llegué empecé a caminar por las calles. Al final de mi primera caminata me senté un lugar alejado de la urbe frente a la línea del tren a imaginar lo que Jorge habría dicho. Escribí un largo poema en un papel viejo mientras comía frutillas frescas y sentía al frío darle paso al sol veraniego. Durante el día fui a todos los lugares que se parecían a él, a todas las plazas con su nombre o imágenes de su rostro, a la escuela que lleva su nombre, al centro cultural, a la biblioteca pública, a todos los sitios donde se me dijera que él es amado en esa tierra que tanto amó.

Hice mucho en muy poco tiempo porque tenía que aprovechar el viaje. Había atravesado medio país en búsqueda de su rastro. Dejé mi desértica tierra para alcanzar el tren al sur que me llevaría a lugares poblados de verdes encantos que tanto escasean en mi casa nortina. Tanto viví en tan pocos días que me he detenido varios meses para sopesar todo lo vivido y transformarlo, por fin, en este boceto que escribo en mi mesa escuálida para ustedes, pero también para mí: no quisiera que pasen los años y no haya testimonio de aquella aventura que viví. Acaso tenga significado sólo para mí, este viaje por la nostalgia me pertenece, me construye, me anima, me (re)significa el mundo y todas sus letras.

Entre las tantas anécdotas, hoy les contaré la más simple: visité su casa vacía, hermosa e imponente.

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La mayoría de la gente a la que le cuento esta anécdota la juzga ridícula: visitar una casa, fotografiarla y mirarla (sólo por fuera) por la única razón de que allí en tiempos remotos nació, creció y escribió sus primeros versos el poeta que más lindas evocaciones me ha traído en el último tiempo, a ojos ajenos carece de objetivo. Muchos no lo entienden, yo tampoco. Si lo pienso de manera fría y racional, no tiene sentido viajar tantos kilómetros para mirar una casa por fuera. Pero cuando lo pienso como acto poético lo comprendo perfectamente: nada hay que comprender. Sólo quería viajar a Lautaro, emprender un viaje poético para leer allí sus poemas, para comprender de qué habla cuando habla de su aldea con añoranza, para entender su concepto de poesía lárica. Me era imposible abrazar su aldea si no la conocía, añorar su casa, su pasado si estaba tan lejos. Por eso viajé a Lautaro, como acto poético, solamente.

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Di algunos paseos sin objetivo, sólo por el acto de pasear y ver qué se esconde tras las calles principales y el ruido habitual. Así, por esas casualidades, en una calle encontré un mural que me encantó:

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Este es un extracto del poema Pequeña confesión. Esa frase me acompañó durante todo el paseo por el pequeño pueblo. En ese poema Jorge deja notar su nostalgia tanto por el pueblo como por las cosas de antaño. Claro, ahora Lautaro no es un pueblo verdadero, quiero decir que ahora Lautaro es un pueblo moderno, con aire y costumbres de pueblo, pero con aspiraciones de ciudad. Ya no andan carretas, ya no se juntan los ciudadanos a departir ideas en las plazas, todos son presa de la tecnología y de los trabajos esclavistas. Nadie cosecha para vender un poquito, ahora las grandes empresas se ocupan de la producción. Observo la realidad a mi alrededor, respiro, y también siento nostalgia del pueblo y las carretas. Lo bueno es que Lautaro aún es un pueblo donde cualquiera puede ser mi amigo: en cualquier calle que pasaba la gente me miraba a los ojos y me sonreía luego de un cálido “buenos días”. Eso da pie para comenzar una conversación sencilla que puede terminar en una invitación a comer, a conocer la plaza que se llama Jorge Teillier, a beber un vasito en la cantina preferida del poeta, y así, sume y sigue. De verdad aquí cualquiera puede ser tu amigo y ahora entiendo por qué Jorge siempre tenía tanta nostalgia de Lautaro y su pasado.

Por eso cuando leí ese poema suyo por primera vez me llegó tanto, es que habla de las mismas angustias y nada hay peor en el mundo que estar en un lugar que no te dice nada. Allí estaba yo, en un país extraño donde la gente hablaba una lengua que me era extraña y nada me decía. Ahí estaba yo, añorando mi casa, mi pueblo, mi gente, mi lengua, que todo me lo revelan. No es fácil vivir en un lugar ajeno al tuyo, mucho menos lo es siendo poeta. Jorge habló de esos pequeños momentos que le hicieron quien fue, que le dieron identidad, que le impulsaron a escribir. En un documental (Nostalgias del Farwest, 1987) Jorge Teillier confiesa que él no quería ir a la capital a estudiar, que fue sólo porque sus padres le obligaron: tenía que sacar una carrera. Lo único que él deseaba era quedarse en su aldea escribiendo y bebiendo con los amigos, compartiendo con las damas. Él nunca deseo pasarse la vida hablando de poesía, corrientes literarias, hablando en difícil; él quería hablar con la gente de cosas cotidianas, sentarse en la mesa de un bar con la gente de siempre a comentar el diario, a hablar del tiempo en la ciudad, de que no es tiempo bueno para la cosecha, de que el perro se enfermó del estómago, que murió mi hermana.

Nunca fue amigo de las grandes conferencias, él quería hablar con su gente cara a cara. Por eso en un episodio de La belleza de pensar, cuando Cristián Warnken le notifica que la entrevista ya ha terminado, que se tienen que despedir, Jorge responde sin disimular su alivio “Ah, menos mal”. No disfrutaba teniendo que ser el maestro de ceremonia, él quería hablar de tú a tú sobre las cosas sublimes del cotidiano. Finalmente, en esa misma entrevista dice que tener lectores le ayudó mucho a vivir. Yo quiero decir ahora, que tener a Jorge, tener poetas nos ha ayudado mucho a encontrarnos de verdad con la poesía. Poesía es muchísimo más que todos los conceptos de la academia, poesía son los libros que se han escrito sin motivo, sin presunción; es la vida misma entendida como utopía y realidad paralela, es encontrarse sólo en el mundo con la compañía eterna de los versos que te asaltan por las noches en que es imposible dormir; es emprender un viaje en busca de pequeños detalles que te revelen al poeta oculto tras sus letras, es dejar que la aldea te hable con los versos del poeta que la inventó en la nostalgia de un futuro mejor.

Poesía es hacerse leyenda en cada verso, descubrir que no mueres cuando tu nombre figura a modo de firma al final de una página borrosa. Poesía es viajar a Lautaro en 2016 y saber que sigues ahí, que tus poemas son los guardianes de tu mito, que vivirás por siempre, porque yo, al igual que Cristián Warnken, te juzgo eterno, Jorge.

 teillier

 

Por Cristal

llavedecristal.wordpress.com

 

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5 comentarios

  1. Que bella experiencia Cristal, en tu relato creí viajar por cada rincón de Lautaro
    Adoro a Teillier, su vida, su poesía, su voz que aún vive en los libros, gracias por este viaje!

    Le gusta a 1 persona

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