Tras la huella de Jorge Teillier (II)

En una entrevista se le preguntó a Jorge Teillier cómo deseaba que se le recuerde en el tiempo, ante lo cual él respondió una frase que me encantó desde el primer encuentro:

“Seguramente todo el mundo se va a olvidar de uno, pero… puedo quedar presente en algún texto. Quiero que me recuerde algún muchacho que descubra mis poemas y que le ayuden a vivir. Los poemas de un poeta muerto hace cien años –suponiendo que el mundo viva cien años más-, que yo sea un amigo intemporal.” Eso es justamente lo que he encontrado en la poesía de Jorge, un amigo intemporal al que recurro cuando quiero leer una frase bella, contradictoria, alocada, dulce, y así podría pasarme el texto entero enumerando lo que me evocan sus poemas. Y debo confesar que los poemas de Jorge sí me han ayudado a vivir, no en un sentido metafísico como la presencia de un gurú, ni el banal sentido de “autoayuda”, sino me han ayudado a vivir aconsejada por la poesía hecha desde la simpleza del llamado interno, he vivido poéticamente desprendiéndome de la realidad que nos obligan nuestros sentidos a percibir. He vivido ayudada por la poesía (de Jorge y de tantos otros) a escapar de lo cotidiano, a embellecer la realidad, a jugar con las palabras. En mí, al menos, se ha cumplido el anhelo del viejo poeta, ahora convertido en recuerdo.

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Ya les contaba en la edición anterior de mi viaje poético a Lautaro en busca del recuerdo de Jorge y la verdad es que nadie notó en mí un cambio al regreso, pero yo sí. Después del viaje apareció en mi imaginario lo que antes me era desconocido: abrazar a los pueblos de mi Chile recóndito, esos pueblos que no salen en la televisión porque no son glamurosos, esos que están atiborrados de gente campesina tan distinta y tan igual a mi gente minera. Esos pueblos que esconden en cada esquina versos de poetas anónimos y célebres que, como decía Jorge, gastan sus codos en las mesas de las cantinas populares.

Además, descubrí la belleza del viaje en tren que tanto apasionaba a Jorge. En mi norte natal, mi padre me llevaba de la mano a pararme cerca de la línea férrea a esperar que pasara el tren cargado de cobre, pues decía que en la vida todos los milagros hay que presenciarlos: ver un tren pasar ruidoso e imponente, haciendo la tierra temblar en cada vuelta de rueda, según mi padre era una experiencia que no podíamos pasar por alto. Ahora, casi dos décadas después de mi primer recuerdo de tren anduve en uno hasta Lautaro, me quedé en la estación viéndolos pasar, observando las máquinas detenidas, cargadas con madera, con intención de llegar al fin a un próximo destino. Me senté en la estación, cual Forrest Gump, a esperar mi tren mientras conversaba con la gente que se sentaba a mi lado, les hablaba de mí, de mi viaje, les oía hablar de ellos, de sus viajes. Fueron momentos de ensueño… y pensar que un país tan largo, con la geografía ideal no cuenta con un sistema de trenes decente que nos conecte a todos como otrora conectaba a los aislados a la capital.

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Después me fui a la plaza principal y por supuesto me encontré con la gallarda imagen del valiente toqui Lataro. Claro, porque aquí no sólo hay poesía, también hay una triste historia de arrebato y dolor, de apropiación, guerra, muerte, sacrificio, y su contraparte, alegría, prosperidad, estabilidad, sueños. Todo es una espiral de sufrimiento y dolor, contradicciones a cada paso que doy. En esta imagen, junto a los pies del toqui Lautaro hay una placa en su honor, sin embargo, de frente al público hay una placa que agradece a los fundadores de Lautaro que en 1881 se transformaron en “honorables pacificadores”. Qué injusticia, qué dolor. Jorge vino a nacer en territorio mapuche arrebatado por el Estado chileno, (¡tanto le ha arrebatado la oligarquía al pueblo indefenso!). Dice Jorge en un poema que recuerda a su padre:

O llega a través de barriales

a las reducciones de sus amigos mapuches

cuyas tierras se achican día a día,

para hablarles del tiempo en que la tierra

se multiplicará como los panes y los peces

y será de verdad para todos.

 

El padre de Jorge era un viejo comunista que soñaba con que sus ideales alcanzaran para todos, otro viejo más burlado en la historia de este país que arrebata los sueños de muchos para que unos pocos puedan realizar los propios. Ay, Lautaro, Lautaro, pienso mientras me siento frente a su monumento y le pido disculpas y a través de él a todo su pueblo, porque la poesía es lo único que nos ha quedado después de tanta violencia y, sin embargo, no nos ha alcanzado para devolverles a su nombre la dignidad.

Así voy caminando por la bella plaza de frondosos árboles que anuncian la abundancia de que goza esta tierra bendita y me queda claro por qué le arrebataron a un pueblo su más preciado tesoro y lo convirtieron en divisas que ahora les permiten ser dueños de todo. El paseo por la plaza me ha dejado cansada, como cargando una pesada culpa que me duele, no sé cómo hemos podido silenciar la lucha del valiente pueblo que clama por el derecho de vivir en paz. Pero la poesía de Jorge me ha ayudado a vivir momentos como estos, me ha hecho más sensible a lo que me rodea, me ha contado las verdades que nos están vedadas en la escuela, me ha ayudado a vivir la vida con empatía y esperanza. Nada está perdido aún, la poesía no ha salvado al mundo, pero lo salvará, pienso como sellando un pacto eterno con el universo entero que es la más grande poesía jamás escrita. A lo lejos diviso la biblioteca municipal, una humilde residencia que sirve de refugio para libros que esperan atentos ser acariciados por un lector ocasional. Me levanto, decido seguir tras la huella de Jorge Teillier, no tengo ningún libro suyo, jamás he tenido uno, iré a la biblioteca o tocar, quizás, por primera vez una edición original de su autoría y me siento emocionada. Hay esperanza, la vida es una espiral donde cada sufrimiento sucede a la alegría, así está escrito.

Imagen1
Manuscrito de Jorge Teillier

Por Cristal

llavedecristal.wordpress.com

 

 

 

 

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