Ser humano: zoológicos

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Hace un par de meses en Chile conocíamos el caso de un joven que en su desequilibrio mental se metió a la jaula de los leones en el Zoológico Metropolitano para quitarse la vida ante la mirada atónita de los visitantes (entre ellos niños). El joven sobrevivió al ataque que él propició, mientras los leones fueron sacrificados pues era una de estas situaciones en que alguien tiene que morir para que el otro sobreviva. Este caso, muy lamentable, dio el impulso para poner en el banquillo de los acusados a los zoológicos y encendió el debate sobre la necesidad de que existan estos recintos hoy en día.

Personalmente, no me gustan los zoológicos. Soy hija y nieta de dos mujeres valientes y conscientes que desde siempre se negaron a poner pie en dichos lugares y se ocuparon de comentarle a su descendencia los motivos para que ésta tomara una decisión informada al respecto. Por suerte crecí en una ciudad sin zoológico, pero tan desértica es mi bella Calama que apenas se ven animales por lo cual los niños ahí crecíamos solo viendo animales en enciclopedias y luego en internet, nunca en vivo y en directo. Esto genera grandes expectativas, por eso la primera vez que me presentaron la oportunidad de visitar un zoológico, pese a los consejos de mamá y abuela, fui. Pero lo pasé mal. No me gustó ver animales tras rejas ridículas y humanos tomando fotos, burlándose de cómo caminan, comen o se ven, y niños tirándoles cosas o pateando las rejas para que se muevan o miren a la cámara. Mamá tenía razón, no era necesario para mi experiencia humana ver un animal preso para que yo satisficiera mi curiosidad, bastaba con verlos en libros y documentales.

Luego, años más tarde, me enteré de los zoológicos humanos. Me contaron la historia de las personas (mujeres, hombres y niños) indígenas del sur de Chile (entre otras víctimas de diversas partes del mundo), a quienes les robaron su libertad para pasearlos por Europa como objetos de exhibición. Al ser indígenas, gracias a varias teorías infames, eran considerados como seres inferiores que aún no habían alcanzado un estadio de evolución como la raza europea, la raza superior. Por tanto los secuestraron, los enrejaron y los pasearon por diferentes ciudades europeas donde la gente iba a verlos y se burlaban de ellos. De hecho, en París llegó a tener tanto éxito la idea que toda su población se volcó a este recinto para conocer a los “salvajes” que habitaban el fin del mundo. La exhibición en dicha ciudad convocó prácticamente a toda la población que la habitaba entonces. No quiero juzgar desde 2016 a aquellos parisinos que pagaron para ver estas aberraciones, quiero juzgar a todos los que en ese contexto habríamos hecho lo mismo. A los que hoy pagan para ver animales, compran productos testeados en animales, aquellos que aún creen que existen seres de primera y segunda categoría.

Lo que impulsaba a la gente a visitar esos zoológicos humanos era curiosidad y morbo, lo mismo que impulsa a la gente a ver a los animales encerrados. No veo la diferencia porque en ambos casos el ser humano obedece a impulsos básicos, olvidando la empatía, el amor, el derecho a la vida libre y en paz de cualquier ser vivo. Si somos (eso nos hemos creído durante muchísimos siglos), el ser racional por excelencia sobre la faz de la tierra no me explico por qué realizamos acciones tan reprochables y vergonzosas. El ser humano civilizado (el hombre, como dicen los que se han preciado del conocimiento y la ciencia), ha causado grandes desgracias, tragedias y barbaries durante siglos, por eso no entiendo por qué todavía los atendemos; no entiendo por qué no mejor escuchamos a nuestro corazón y obedecemos el llamado interior a la armonía, al respeto, al equilibrio. Nos hemos alejado de nuestro lado espiritual que hemos dejado de sentirnos parte del todo, un pequeño eslabón en la cadena de la naturaleza.

Por la misma época en que algunos indígenas eran exhibidos en condiciones deplorables (enfermos, hambrientos y con sífilis), el resto de la comunidad que quedó en Chile estaba siendo exterminada por estos mismos hombres civilizados y bajo la anuencia del malvado Estado chileno. Hoy no existe ningún Selknam, por ejemplo. El hombre blanco, educado y civilizado, los exterminó uno a uno con los más terribles horrores. Para colmo, nosotros nos hemos tardado en reprocharlo y defender la honra de estas personas. Hoy doy gracias porque aún existan los Mapuche y no hayan acabado con ellos, pese a que Arauco sigue teniendo una pena y “hoy son los propios chilenos los que le quitan su pan”, como diría la sabia Violeta Parra. ¡Hemos sido tan crueles, incluso al callar o al ignorar! Personalmente, cuando vi la imagen de los niños Selknam sonriendo, viviendo como cualquier criatura inocente, libre, que desconoce la maldad humana, no pude sino avergonzarme y prometerme por lo que me queda de vida no volver a participar conscientemente de actos de opresión a ningún ser vivo. Nadie merece el sufrimiento que causamos los seres humanos.

thtA lo largo de la historia hemos errado tanto el camino. Lo que hace falta para evolucionar no es volverse blanco y vestirse de etiqueta como esos ingleses que venían a conocer de cerca a los curiosos especímenes del sur de Chile. Tampoco hace falta ser blanco, vivir en un país de primer mundo y compadecerse de los pobres incivilizados del tercer mundo (aunque en menor medida, aún hay gente que piensa así). Para evolucionar hace falta volver a los orígenes, encontrarse con esa sabiduría tan pura y ancestral que poseían los indígenas de nuestro continente, quienes respetaban a toda criatura viva y entendían la importancia de la existencia de cada cual. Los hombres evolucionados que vinieron a decirnos cómo comportarnos para llegar a convertirnos en seres humanos no tenían razón. Tampoco la tenemos nosotros hoy en día. El paso hacia la evolución no tiene que ver con el color de piel, los modales ni la ropa, tiene que ver con la consciencia de lo que somos: ni más que, ni menos que. Somos parte de un hermoso todo vital que a fin de mantenerse en armonía tiene que respetarse.

Es por eso que reprocho los zoológicos. Así como hoy sabemos que no es necesario quitarle la libertad a un ser humano y exhibirlo para que otros “le conozcan”, debemos darnos cuenta de que no es necesario encerrar a un animal para satisfacer nuestra curiosidad. Los niños pueden crecer sin nunca ver en vivo a un león, un mono o una serpiente. Hoy en día existe internet, pueden ver el animal que quieran, cuando y donde lo dispongan. Pueden verlo en HD y en todas las etapas de su vida.

¿Realmente necesitas verlo en vivo y en directo, querido ser humano? Claro, existen zoológicos donde se cuida y rescata a aquellos animales que están en riesgo. Por supuesto que esos lugares deben existir, pero los zoológicos que solo sirven como divertimento, no, muchas gracias. Hemos cambiado y debemos seguir cambiando para mejor, el ser humano debe ser consciente y gritar fuerte que el abuso, la opresión, la violencia no debe ser naturalizada en nosotros, debemos rechazarla, aprender a rechazarla, ser educados como seres que procuran la paz. Cualquier tipo de violencia puede propiciar situaciones peores, por eso les invito a decir que no a los zoológicos, ninguna curiosidad humana merece la miseria de otros seres.

 Por Cristal

llavedecristal.wordpress.com

 

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