Dos minas

El precio se convino y el contrato estuvo listo para su firma esa misma tarde. Gonzalo y Mina, los flamantes dueños de la “Quinta del Faro” celebraron en grande la adquisición de la finca que adornaba el acantilado como si fuera un fanal, de ahí el nombre con el que se le conocía en los alrededores. El primer piso estaba conformado por dos salas de estar, un comedor, una biblioteca y una cocina. La planta alta constaba de cinco piezas o recámaras y un solar, a lo que había que añadírsele un amplio sótano que albergaba una cava.

Durante la fiesta de inauguración en que no escatimaron gastos para compartir su alegría, no faltó quien pidiera detalles acerca del precio ofertado y del pagado y quien hiciera comentarios insidiosos relacionados con la enorme fortuna de Gonzalo, a la que Mina tenía derecho solo por haber contraído matrimonio bajo el régimen de sociedad conyugal. De todos era sabido que Mina no pertenecía a las altas esferas sociales y que había conocido al famoso arquitecto posando para uno de los cuadros que solía pintar en sus ratos libres.

A unas semanas de haberse instalado, Gonzalo bajó al sótano para seleccionar un vino entretanto Mina terminaba de cocinar la cena. Fijó su vista en el último peldaño de la escalinata de madera, donde se notaba la inscripción “Mina” con la eme invertida, como su esposa solía hacerlo al escribir su nombre.

Al reunirse con Mina en el comedor le hizo una pregunta capciosa que incomodó a su mujer. “¿Por qué grabas tu nombre por todos los rincones de la casa a modo de grafiti, intentas acaso marcar tu territorio? Mina no comprendió lo que reclamaba Gonzalo y su sorpresa fue enorme cuando él le mostró las inscripciones que figuraban en diferentes partes de la mansión: el sótano, la duela de la sala, el baño de visitas, la puerta del garaje… Mina le aseguró a Gonzalo que no eran de su autoría, pero él se mostraba incrédulo.

Esa noche, un sudor denso cubrió las sienes de Mina. ¿Sería posible que su vida actual fuera tan solo la continuación de otra? No cabía duda que el rasgo de la letra inicial puesta al revés era muy característico de su personalidad, es decir, de ella. La madrugada transcurrió lenta, sin descanso.  Al día siguiente y por sugerencia de Gonzalo, Mina hizo venir a una espiritista quien con solo posar ambas manos sobre las diversas inscripciones aseguró a la pareja que fueron dejadas en una época no muy lejana y por una mano que sentía el peso del dolor.

Mina observaba a la mujer con cuidado, casi con temor, y al revelarle a la vidente que tal era su nombre, ésta asintió en un gesto que hacía parecer como si ahora lo comprendiera todo y pronunció que en ocasiones las almas regresan al mundo cuando han dejado un asunto pendiente. La espiritista se despidió con las promesas de investigar más sobre la finca y de tomar en serio su caso.

Gonzalo y Mina discutieron por primera vez desde su llegada a la mansión porque él continuaba mostrándose escéptico. Por su parte, ella tenía la sospecha de que había habitado esa casa en otra época y las inscripciones eran obra de su propia mano o de quien sea que hubiese sido ella en una existencia anterior. Un ruido los sorprendió. Provenía del sótano. Ambos descendieron tomados de la mano, con suma precaución para constatar que el último peldaño, el del grabado, se encontraba roto.

La vidente regresó tres días más tarde para explicarles que la casa había pertenecido a un capitán, quien en realidad la habitaba poco, pues sus deberes lo retenían la mayor parte del año en altamar, pero que su esposa y sus hijos la ocuparon hasta que les sobrevino una desgracia. La menor murió desnucada al caerle encima uno de los pesados estantes de la biblioteca. Sin embargo y, aunque la madre no permitió que su hijo fuera sometido a un juicio, siempre se tuvo al muchacho por culpable.

La esposa del arquitecto enloqueció. Ahora, estaba más convencida que antes de que ella era Mina, la niña que había fallecido entre esas paredes y sin comunicárselo a Gonzalo, intentó por todos los medios averiguar el paradero de la cónyuge del capitán o de su hijo, segura de que si tenía contacto con ellos la verdad sería revelada. Resuelta a no dejarse arrastrar por la incredulidad de su esposo, Mina buscó de nuevo a la espiritista y compartió su experiencia con sus familiares cercanos y amigos, a quienes trataba de persuadir con su historia.

Gonzalo se limitaba a observar cómo su esposa se volvía loca a paso lento.

Una noche en que se disponían a dormir, ella le pidió con cierto resentimiento: “Déjame sola, ya no deseo compartir mi lecho contigo, anda, hay otras cuatro habitaciones, toma la que te plazca”. Él obedeció. El momento había llegado.

Durante las horas de la madrugada un nuevo ruido, aún más fuerte que el anterior hizo saltar a Mina de la cama. Esta vez, provenía de la biblioteca. Abandonó su habitación y sin encender luces, bajó por la gran escalera presa del pánico. Gritó un par de veces el nombre de su esposo pero no obtuvo respuesta. Abrió con sigilo la puerta de la biblioteca y ahí lo encontró, recargado sobre uno de los viejos estantes.

“Quiero esta casa para mí, de manera exclusiva. No compartiré el fruto de mi trabajo contigo. Esta casa me pertenecerá por completo. Fue difícil hacer los grabados y contratar a la espiritista, el resto, no. Te subestimé, no creí que con tan poca confusión fueras capaz de sugestionarte con la idea de que eras otra persona, pero eso era lo que perseguía y además me ahorraste la tarea de convencer a los otros de que perdiste el juicio. Puesto que crees ser la fallecida «Mina», morirás igual que ella”. En un veloz y preciso movimiento, Gonzalo empujó el estante principal y una avalancha de libros cayó sobre Mina.

escaleras-al-sotano

 Por Alejandra Meza Fourzán     

marianadesch.wordpress.com

 

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