Chile y la grieta desértica en la vida de muchos

f8ac93e9fd75e8889e8db3c21a87aef7CHILE está recostado sobre varias fallas geológicas que tarde o temprano remecen o remecerán sus tierras, provocando algo más que un susto. Lo cierto es que no sé mucho acerca de estas fallas, pese a que mi deber ciudadano obedece a portar información para actuar con responsabilidad frente a las catástrofes que nos aquejan de cuando en cuando. Me sentí culpable y tecleé las palabras “fallas de Chile” y comenzaron a salir artículos sobre las fallas que se traducen en amenazas sísmicas a lo largo de Chile. Al bajar el scroll hacia el final, pude ver un artículo que me llamo la atención: “Las 5 fallas más comunes que afectan a nuestra memoria”. Ese título me llenó de reflexiones que desencadenaron una serie de pensamientos sobre lo frágil de nuestra memoria como nación. Sin duda puede haber mil fallas geológicas pero la que siempre nos terminará destruyendo es la falla de la memoria, ese afán de olvidar los hechos y recordar sólo el relato fantasioso que nos ha construido como nación.

La memoria es un tema recurrente en mi vida porque somos, definitivamente, un país sin memoria. La memoria me revisitó hoy cuando, sentada frente a mi maestro, cerraba los ojos para oír su experiencia cuando le llegó la dictadura de Pinochet. Digo le llegó porque a él ese desgraciado hecho de nuestra historia como país le desgarró la vida, teniendo que abandonar todo para salvar lo poco que le quedaba de vida, viéndose forzado a retornar a su país natal en el cual, dicho sea de paso, tampoco era bien recibido a causa de una dictadura que amenazaba a su nación. De pronto, sin buscarlo, era un hombre acechado por la tiranía.

Con sus ojos llenos de lágrimas, mi maestro me hablaba de aquellos días en que la poesía les llenaba de ilusión; de cuando se emocionaban con el poema Tanto soñé contigo de Robert Desnos que lo repetían por los pasillos de la universidad, en los cafés, en los bares de la ciudad; de que alguna vez fueron jóvenes libres y felices. Frente a él me siento en deuda, le pido disculpas internamente por el daño que sufrió en mi país, le habló por toda la gente justa que vive allí; sin decírselo, le ruego nos perdone pues no sabíamos lo que hacíamos. La mejor manera de pedirle perdón y rendirle un homenaje, creo en ese momento, es oírlo. Entro en su discurso sabiendo que de él saldré completamente diferente. Lo miro y lo admiro. Lo dejo y me dejo.

Habla, memoria. Habla.

Luego se interrumpen los recuerdos bonitos y son superados por el horror: amigos desaparecidos, ya no se puede salir a la calle, hay que despedirse de los seres amados y emprender un viaje de retorno por el inhóspito territorio chileno acechado por el horror. Las lágrimas están justificadas, lo está también el dolor. Es justo que oigamos, que no enterremos las historias como si nunca hubiesen sucedido porque aún prevalece el dolor en muchos corazones en el mundo.

La historia de Chile, como la de muchos países del mundo (si no todos) presenta unas injusticias que nos quitan el aliento, y en casos más extremos nos quitan hasta la fe. Los “accidentes geográficos” en mi país son complejos de asumir, esas fallas nos mantienen siempre alerta, pero a mí, personalmente, las fallas de la memoria son las que más me preocupan. No sólo me mantienen preocupada sino en vilo: quiero que esto no se silencie porque la gente necesita hablar para hacer catarsis. Cada vez que me ha tocado oír una historia del horror de la dictadura, jamás he notado siquiera un atisbo de rencor ni menos un gesto de venganza en los hablantes. Lo único que buscan es reparar, resarcir el daño a través de sacar ese dolor, expresarlo en palabras que la memoria aloja con gran peso.

Nunca pensé que cruzaría el charco, estaría fuera de mi país, para tener que disculparme con mi profesor por el daño causado por mis compatriotas cuando yo aún ni siquiera había nacido. Pero me sentía en la obligación de hacerlo, de disculparme por todos aquellos que aún no son capaces de aceptar que el dolor no se justifica con números positivos para la economía del país. Por supuesto él no me lo pidió porque realmente ama a ese Chile que siempre añora y agradece todo lo vivido allí. Sólo que el dolor, el trauma de la separación, la irrupción, la violencia, la pérdida de amigos, vida, trabajo, estudios, no se supera comprando fármacos en la tienda de confianza. Se supera hablando, diciendo que duele hasta que un día, ojalá, ya no duela más.

No quiero dejar de hablar de este tema porque aún están vivas las víctimas y es fundamental que les prestemos oídos, que no nos deshumanicemos ante su sufrimiento. Esto no se trata de traer viejos rencores del pasado, como dicen tantos en Chile, sino se trata de empatizar con el dolor ajeno, de aprender de los errores y de velar porque hechos así no se repitan jamás. Nadie quiere que un ser amado sufra, nadie quiere sufrir, nadie quiere ser víctima mucho menos victimario. Pero para prevenir esos eventos, debemos primeramente reflexionar, conversar, unirnos y amar.

Por Cristal

llavedecristal.wordpress.com

 

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