De crónicas, terremotos y ornitorrincos

Ornitorrinco-2

La crónica es un estilo que siempre ha estado pendiente entre un género y otro, pues no se sabe con absoluta certeza dónde clasificarla. A veces se puede creer que la crónica pertenece al género periodístico y otras se le considera parte del género literario. Por si esto fuera poco, el camino a veces también se bifurca para encontrar una nueva arista y afirmar que la crónica no pertenece a ningún género, al menos no exclusivamente, entonces es de un género híbrido. No hay exclusividad entorno a la crónica, ella toma algo de todas partes y cobra realidad, por tanto la discusión se obscurece bastante.

El cronista es un escritor, de eso no cabe duda, y como tal echa mano de las técnicas y formas de la literatura para relatar sucesos, pero no por eso es un cuentista, por ejemplo. El cuentista está dentro de la literatura porque relata ficción, todo lo que narra lo ha imaginado o lo ha exagerado a partir de alguna vivencia. El cronista no puede imaginar ni exagerar, debe ser fiel a lo vivido para mantenerse dentro del periodismo, pero debe además ser creativo con el lenguaje para no alejarse de la literatura. A partir de esto podría decirse que la crónica vino a refrescar el periodismo, para narrar en un marco del periodismo con herramientas de la literatura, para darle un vuelco al típico artículo de periódico dominical.

En Latinoamérica la crónica es una disciplina muy ejercida y en cada país de esta parte del mundo existe al menos un buen cronista siendo publicado con bastante frecuencia en algún importante periódico de su país. Entre los muchos cronistas actuales, en nuestra Latinoamérica destaca Juan Villoro, quien ha hecho de este oficio una profesión que él se toma muy en serio y realiza con mucha pericia. En su crónica sobre el terremoto ocurrido el 27 de febrero de 2010 en Chile, llamada 8.8: El miedo en el espejo, por ejemplo, Juan Villoro relata desde la experiencia propia lo que ocurrió antes, durante y después de que la tragedia se desatara.

En esa crónica se entregan tanto datos personales del autor y de otros testigos, como datos precisos y fidedignos de la tragedia. Se informa, por ejemplo, datos duros: hora del terremoto, duración, coordenadas, epicentro, entre otros; pero también se cuenta el lado humano de la tragedia, se comparten sentimientos, sueños, imaginaciones. También se habla de las reacciones, dramáticamente descritas, de cada una de las personas con las que a Villoro le tocó compartir esa tragedia. Se cuenta el dolor, el miedo, la desesperación en primera persona, y también en tercera. En esa crónica Villoro es un reportero, un periodista un escritor, un poeta, una víctima, un sobreviviente, un extranjero, pero sobre todo es un ser humano siendo testigo y relatando lo sucedido. El autor de una crónica, como vemos, no puede mantenerse al margen de lo relatado y eso es precisamente lo que lo humaniza y lo que justifica la hibridad de los géneros.

Juan Villoro, como buen cronista comprometido, es un autor que ha pensado mucho sobre esta cuestión y justamente dedicó uno de sus escritos a expresar su postura al respecto. En ese texto calificó a la crónica como el ornitorrinco de la prosa, dejando entrever con esa sola definición que considera que la crónica es un texto que está compuesto por partes de otros textos que la hacen ser lo que es. Pero pasemos a revisar lo que dice exactamente Villoro en una extendida cita que nos aclarará el panorama.

Si Alfonso Reyes juzgó que el ensayo era el centauro de los géneros, la crónica reclama un símbolo más complejo: el ornitorrinco de la prosa. De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la «voz de proscenio», como la llama Wolfe, versión narrativa de la opinión pública cuyo antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona. El catálogo de influencias puede extenderse y precisarse hasta competir con el infinito. Usado en exceso, cualquiera de esos recursos resulta letal. La crónica es un animal cuyo equilibrio biológico depende de no ser como los siete animales distintos que podría ser.

Villoro en su cita cuenta con las palabras exactas qué es y qué no es una crónica, pero no ya para delimitarla sino para darla a conocer; no es esta una definición que pone límites, es una definición que aclara y deja más puertas abiertas. De todos los demás este estilo lleva algo y lo hace notar con pequeños guiños, pues como dice Villoro, si llevara trazos demasiado notorios de sus componentes se arruinaría por completo, se obtendría un Frankenstein más que un ornitorrinco. Y no es que el primero esté mal, pero sin duda suele asustar más al público en la primera impresión y seguro nadie le daría una oportunidad tan rápido.

En definitiva, las palabras de Villoro afirman que la crónica es un género híbrido que toma sólo lo que necesita de cuanto está disponible. Quien practica la crónica está ejerciendo todos los géneros posibles desde la experiencia en primera persona para retratar realidades con atención y cariño hacia los lectores. Es por eso que el cronista debe ser ante todo un divulgador, pero no de sí mismo. La crónica no se trata del autor, se narra en primera persona para comunicar una visión de los hechos y como tal debe compartir rasgos con todos los otros géneros para no quedarse sólo en la confesión autobiográfica.

Repasando lo escrito, siento que este mismo texto es un híbrido que no responde mucho a nada. Está pensado como un artículo en el cual se reseñan libros, pero como poseía una inquietud de escribir sobre la crónica, no sólo desde la recomendación de una, sino también desde aspectos más formales, he escrito la más extraña de las reseñas. Pido desde ya las disculpas correspondientes a quienes se sientan confundidos con este escrito.

En fin, me resta entonces recomendarles la lectura de la crónica de Juan Villoro sobre el terremoto acaecido en Chile en febrero de 2010. Pese a que en Chile el piso siempre se nos está moviendo, lo que sucede durante un terremoto jamás deja de sorprendernos; nadie está tan acostumbrado a los terremotos que no pueda sorprenderse con el relato humano de una tragedia que no deja indiferente ni al más rudo de los habitantes.  Un escritor mexicano, varios escritores de diferentes procedencias estaban en Chile para ese cataclismo y Juan Villoro, con su atento ojo de escritor, pone atención a los hechos para narrar luego lo que sería una de las experiencias más impactantes de su vida.

En este trabajo Villoro repasa detalles de lo vivido en 7 minutos de miedo sobrecogedor y en los días posteriores que siguen a un cataclismo, en los cuales, por supuesto, todo es también recomenzar la vida suspendida por los temblores del alma que aún no es abandonada por el miedo. Sí, quizás esa sea el sentimiento que ronda por cada una de las páginas de esa crónica, el miedo ante la inmensidad de la naturaleza y la insignificancia del ser humano ante ese poder. Así, con un temblor que sacude los recuerdos, cerramos este artículo con las palabras del mismísimo Villoro.

“A las 3.34 de la mañana del 27 de enero de 2010 Chile sufrió un terremoto de magnitud 8.8 en la escala de Richter.

 El sismo modificó el eje de rotación de la Tierra y el día se acortó en 1.26 microsegundo.

La ciudad de Concepción se desplazó 3.04 metros hacia el oeste, en dirección al mar. Santiago se desplazó 27.7 centímetros. Los GPS tendrán que ser ajustados para reubicar a estas ciudades movedizas.

El terremoto duró siete minutos en su epicentro y fue percibido como una subjetiva forma de eternidad en diversos lugares. Esto lo convierte en uno de los más largos de la historia.

El sismo tuvo su epicentro a noventa kilómetros de Concepción. A un terremoto con epicentro marino le sigue un maremoto.

 Desde la Estación Espacial Internacional el astronauta japonés Soichi Noguchi fotografió el cataclismo y mandó un mensaje: Rezamos por ustedes”.

 

Por Cristal

llavedecristal.wordpress.com

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